Sudáfrica, 1974. Marnus tiene 11 años y vive en el paraíso. Sus padres son sus modelos a seguir: su padre es un general del ejército y su madre es una cantante talentosa que ahora se dedica a cuidar de él y de su hermana, la mejor estudiante de la escuela y pianista prodigio. Su amigo Frikkie comienza a pasar mucho tiempo en casa, acogido por la familia debido a la difícil situación que vive por el divorcio de sus padres. Doreen, la empleada doméstica, se encarga diligentemente de atender a quienes viven en aquella casa de ensueño. Todo parece estar en su lugar. Una foto familiar tradicional, adorable, llena de felicidad y estatus.
Hasta que aparece un invitado, colega del padre de Marnus, y la fachada impecable del hogar comienza a agrietarse. Entre susurros y secretos escuchados a escondidas, Marnus empieza a dudar de la integridad de su padre y comienza a sentir celos por la atención que le presta a su amigo Frikkie. Algo oscuro ocurre detrás de las paredes, y aquella fantasía en la que vivía comienza a tener destellos de peligro y maldad.
Para su tercera película, John Trengove lleva a la pantalla The Smell of Apples, adaptación de la novela homónima de Mark Behr, que tendrá su estreno mundial en Platform de la 51.ª edición del Toronto International Film Festival. La historia se desarrolla en una Sudáfrica fracturada por el apartheid, pero encuentra un discurso más íntimo: observa cómo las ideas de una sociedad pueden instalarse dentro de una familia y cómo un niño puede aprender a repetirlas antes siquiera de comprender lo que realmente significan.

Trengove construye este mundo con una producción de época de gran magnitud. La ambientación, el vestuario y los escenarios nos transportan a los años setenta, mientras una cámara que parece estar siempre buscando algo navega por los espacios, sigue a los personajes cuando intentan esconderse detrás de una puerta, una ventana o un pasillo con poca luz, siempre enmarcados por los hermosos paisajes de Ciudad del Cabo. Hay algo inquietante en observar una casa tan hermosa y, al mismo tiempo, tan llena de secretos.
La historia avanza con una estructura clásica y bien medida. En tan sólo cinco días, Marnus descubre que el mundo que le enseñaron a admirar tiene reglas distintas. Una tía que critica a su padre en público abre la primera grieta. Después comete un pequeño error: pierde una caña de pescar que pertenecía al abuelo y, aterrorizado por las consecuencias, decide culpar falsamente al nieto de Doreen. Es un momento breve, casi insignificante, pero también es el primer paso hacia el círculo de mentiras de su padre. Más que rabia, provoca tristeza ver la corrupción del pequeño, y no tendrá marcha atrás. Marnus todavía es un niño y ya está aprendiendo quién puede cargar con las consecuencias de sus errores.
El ambiente militar en el que crece tampoco es un detalle menor. Se le exige fuerza, disciplina, obediencia. Hay uniformes, jerarquías y una idea muy concreta de lo que significa ser un hombre. Poco a poco, las expectativas de su padre comienzan a mezclarse con la forma en que Marnus entiende el mundo, hasta que una revelación brutal termina por romper aquello que todavía quedaba de su inocencia.

Y ahí la película cambia de energía. Lo que hasta entonces avanzaba entre silencios y pequeños secretos se convierte en un tercer acto mucho más intenso, donde la resistencia finalmente encuentra un lugar. La cámara sigue observando a Marnus, pero ahora hay algo distinto en su mirada. Ya no está intentando comprender qué sucede. Está intentando decidir qué hacer con aquello que acaba de descubrir.
Las actuaciones sostienen con precisión esta transformación, especialmente porque el cambio de Marnus no necesita ser explicado. Se ve en su rostro, en la forma en que observa, en esa expresión de furia que comienza a ocupar el lugar de la admiración. El desarrollo del personaje está construido con paciencia: cada pequeña decisión, cada mentira y cada decepción van preparando el momento en que el niño deja de mirar a su padre como un modelo a seguir, guiándose por un camino de rencor.
The Smell of Apples habla de una familia, pero debajo de ella hay todo un sistema que intenta convencernos de que ciertas vidas valen más que otras. La casa permanece hermosa. La fotografía familiar todavía podría parecer perfecta. Pero algo ya comenzó a pudrirse detrás de las paredes, y Marnus tendrá que aprender que algunas cosas, una vez vistas, ya no pueden volver a ignorarse.



