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Zjili: el peso de los sueños y la fuerza de las mujeres en Ghana – TIFF 2026

En las calles de Accra, tres mujeres cargan con historias muy distintas mientras construyen una red de apoyo para enfrentar la precariedad, la violencia y las expectativas que pesan sobre ellas. Una historia sobre sororidad y sueños que se niegan a desaparecer.

Zoya sueña con convertirse en presidenta de Ghana. Sus calificaciones son excelentes, tiene una personalidad determinada y frente a ella parece abrirse un futuro lleno de posibilidades, pero tras la repentina muerte de su padre, sus tíos quieren obligarla a contraer matrimonio. Insatisfecha ante la posibilidad de que esta decisión trunque sus estudios y su sueño de ocupar un cargo público, decide marcharse a la ciudad en busca de independencia. Así llega a Accra, donde comienza a trabajar en uno de los mercados de ropa usada más grandes del mundo y conoce a Teiya y Mma Chalpang, dos mujeres kayayei  (cargadoras) que, como ella, abandonaron sus hogares buscando construir una vida mejor.

Pesada es la carga física y emocional de las tres mujeres que protagonizan Zjili: A Story of Sisterhood and The Burdens of Excess, primera película de Christine Boateng y Hajara Musah Chambas, presentada en el Festival Internacional de Cine de Toronto 2026. Entre las pacas de ropa que van de un lado a otro, las calles caóticas de Accra y el constante movimiento de una ciudad que parece no detenerse por nadie, las protagonistas construyen una red de apoyo con otras mujeres que se protegen, se ayudan, se animan y se consuelan cuando las cosas se ponen difíciles. Hay espacio para las peleas, las celebraciones, los desacuerdos y los triunfos, para reconocer que incluso en circunstancias adversas existe una comunidad capaz de convertirse en hogar.

A través del sueño de Zoya de convertirse en presidenta, Boateng y Musah señalan las injusticias que atraviesan a las mujeres de Ghana: la desigualdad social, la falta de acceso a servicios básicos, la violencia familiar, la misoginia y la indiferencia hacia quienes realizan un trabajo indispensable pero poco reconocido. Sin embargo, la película evita convertirlas únicamente en víctimas de estas circunstancias. Zoya realmente tiene talento y posibilidades de conseguir aquello que desea; por eso duele verla enfrentarse a un sistema que podría arrebatarle una oportunidad que genuinamente merece.

La estructura narrativa encuentra una de sus mejores ideas en la forma en que cada mujer habita un tiempo diferente. Zoya mira hacia el futuro, acompañada por fantasías y una voz en off que imagina todo aquello que podría llegar a ser. Teiya vive en el presente, concentrada en ahorrar suficiente dinero para regresar con su hija y abrir su propio salón de belleza. Mma Chalpang, en cambio, permanece atravesada por el pasado, entre pesadillas y recuerdos que revelan las heridas que todavía carga. Las tres historias avanzan juntas, pero nunca de la misma manera, construyendo una especie de retrato coral sobre lo que significa intentar escapar de un lugar sin dejarlo completamente atrás.

La cámara acompaña este movimiento con la misma energía del mercado. Todo es grande, ruidoso y abrumador; personas que corren, mercancías que aparecen y desaparecen, mujeres que cargan enormes cantidades de ropa mientras la ciudad continúa avanzando sin detenerse a mirar. En ocasiones, la edición intenta mantener el mismo ritmo y los cortes entre las tres historias son tan abruptos que apenas permiten respirar antes de regresar a otro conflicto. Sin embargo, incluso esa velocidad ayuda a transmitir la indiferencia de un lugar donde todas parecen tener que luchar para hacerse espacio.

Y en medio de todo esto está la sororidad. No como una idea abstracta, sino como una práctica cotidiana: reunirse para tomar decisiones, discutir, defenderse, acompañarse, bailar, llorar y volver a levantarse. La película encuentra su mayor fuerza cuando permite que estas mujeres simplemente existan juntas, con sus contradicciones, sus deseos y sus errores, sin reducirlas al discurso que las rodea.

La tragedia también forma parte de esta historia, pero Zjili nunca se entrega por completo al fatalismo. Incluso cuando la realidad parece imponerse sobre sus protagonistas, permanece la necesidad de imaginar algo distinto. Los sueños no desaparecen; se transforman y encuentran nuevas razones para continuar.

Zoya y Teiya le entregan al mar sus más profundos anhelos, esperando que algún día las olas traigan con ellas la promesa de un nuevo amanecer. Y cuando Zoya vuelve frente a ese mismo horizonte para pedirle que la ayude a llegar a la política, ya no parece una niña ingenua hablando de un sueño imposible. Las mujeres que la rodean también han comenzado a creer en ella y están dispuestas a andar a su lado.

Porque quizá esa sea la verdadera carga que la película decide compartir: no solamente aquello que pesa sobre nuestros cuerpos, nuestras familias y nuestras historias, sino también el peso de los sueños que nos negamos a abandonar. A veces basta con encontrar a quienes estén dispuestos a cargarlos junto a nosotros para descubrir que todavía existe un camino hacia una historia mejor.

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