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Por arte de magia: reconstruir una ciudad después de perder la inocencia – TIFF 2026

Tras descubrir que la historia sobre la muerte de sus padres era una mentira, Mela reconstruye sus recuerdos y su relación con Cali a través de máscaras, juegos y fantasías. Un documental íntimo sobre memoria, violencia y la necesidad de comprender aquello que no puede cambiarse.

Cali puede ser una ciudad mágica, pero también peligrosa. Mela crece pensando que sus padres murieron en un accidente automovilístico, hasta que años después descubre que en realidad fueron asesinados dentro de su propia casa. A partir de ese momento, la ciudad que conocía comienza a transformarse frente a sus ojos. Las personas se convierten en máscaras, los recuerdos adquieren nuevas formas y aquello que alguna vez parecía una advertencia exagerada sobre el lugar donde vivía comienza a cobrar un sentido mucho más oscuro.

Por arte de magia, documental de Melissa Saavedra Gil que se presenta en la 51ª edición del Festival Internacional de Cine de Toronto, parte de esa pérdida de inocencia para presentar una reconstrucción profundamente personal de la violencia. Mela no intenta convertir el asesinato de sus padres en un espectáculo ni encontrar respuestas fáciles en los expedientes policiales. En cambio, abre poco a poco las puertas de su intimidad, utilizando la cámara casi como una terapia, como una confesión y también como un juego para intentar comprender aquello que durante tantos años permaneció oculto.

Hay algo particularmente inquietante en la forma en que decide representar a sus padres. Primero recrea el accidente que durante años creyó que había ocurrido, pero cuando la verdad aparece, ellos dejan de tener rostro. Apenas vemos sus siluetas en el suelo, tal como aparecen descritas en el reporte policial. Mela se pregunta entonces a quién se parecerá, de quién habrá heredado sus gestos o sus maneras de moverse, y comienza a buscar esas respuestas entre las personas que se cruzan con ella por las calles. Es su manera de acercarse a quienes ya no están sin pretender decirnos exactamente quiénes fueron, dejándonos imaginarles dentro de nuestra propia realidad.

Pero esa imaginación también funciona como una forma de protección. Cali comienza a llenarse de monstruos: aparecen en los automóviles, bailan, caminan por las plazas y conviven con una normalidad desconcertante. Los personajes tienen rostros animales y cuerpos disfrazados, como si la ciudad entera hubiera perdido su apariencia humana. Hay algo tenebroso en esa decisión, porque refleja la desconfianza de Mela después de descubrir que detrás de la cotidianidad podía esconderse una amenaza. También hay cautela: las máscaras le permiten acercarse a una historia peligrosa sin obligarla a mirar directamente aquello que quizá todavía no está preparada para enfrentar.

Las recreaciones son particularmente luminosas. Hay brillantina, cajas acomodadas como castillos, un gallo y un perro que parecen guardianes de un cuento infantil. Todo tiene algo de juego construido con las manos de una niña, incluso cuando aquello que intenta representar es profundamente doloroso. Ese contraste entre lo delicado de las imágenes y la crudeza de la historia termina siendo una de las decisiones más interesantes de la película: la violencia latinoamericana no aparece necesariamente a través de imágenes violentas, sino como una amenaza que se filtra en la manera en que una persona aprende a mirar su propia ciudad.

Y quizá por eso Por arte de magia no busca realmente cerrar la herida. El documental parece menos interesado en encontrar una solución que en compartir el proceso de intentar comprender. Mela vuelve sobre las personas que conocieron a sus padres, revisa documentos, reconstruye recuerdos y juega con las imágenes que tiene a su alcance, siempre manteniendo cierta distancia frente a aquello que todavía resulta demasiado doloroso o peligroso para nombrar directamente.

Al final, más que una investigación sobre un asesinato, queda el retrato de una mujer intentando reconstruir el mundo después de descubrir que la historia en la que había vivido no era cierta. La niña que alguna vez imaginó una ciudad habitada por seres fantásticos sigue ahí, solo que ahora sabe que algunos monstruos existen de verdad. Y quizá hacer la película sea su manera de aprender a mirarlos sin tener que quitarles por completo la máscara.

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