La profesora Se-jeong recibe una invitación misteriosa para acudir a una conferencia de biotecnología que pronto se convierte en una pesadilla. Un hombre llamado Young-cheol comete un ataque terrorista liberando entre los asistentes un virus altamente mutante y contagioso, provocando que la policía ponga en cuarentena el enorme edificio en el que se encuentran mientras afuera los equipos de investigación trabajan a contrarreloj para encontrar una solución antes de que el virus llegue al exterior. Se-jeong y un reducido grupo de sobrevivientes intentarán capturar a Young-cheol, quien parece tener la vacuna contra el virus, y así persuadir a las fuerzas especiales de entrar a salvarlos de este encierro mortal.
Esta es la historia de Zona Cero (Colony), la nueva película de Yeon Sang-ho, director de Tren a Busan, tuvo su estreno mundial en las Midnight Screenings de la 79.ª edición del Festival de Cine de Cannes. Para este nuevo filme, Sang-ho construye una historia que mezcla acción, suspenso y terror corporal con una trama de intriga médica y policial, atravesada por una preocupación muy contemporánea: el miedo a una nueva pandemia mezclado con el temor a una inteligencia que aprende y evoluciona demasiado rápido.
Nuevamente llevando al extremo la corporalidad y la creación de estos pacientes infectados, Sang-ho va revelando la naturaleza del virus a través de la mirada y las conclusiones de Se-jeong, que observa los comportamientos de una mente colmena que se extiende minuto a minuto. Cada nuevo encuentro alimenta a la red con información, haciéndola más inteligente, más capaz de desarrollar nuevas habilidades y de seguir las órdenes de una mente principal. Lo que comienza como un brote termina convirtiéndose en algo mucho más difícil de contener.

La transformación del virus se traduce también al entorno. Una red micélica comienza a extenderse por las paredes y poco a poco se apodera del edificio, convirtiendo pasillos, salones y comercios en un escenario de pesadilla. Ya no se trata solamente de sobrevivir a quienes están infectados: el propio lugar parece estar enfermando, creciendo y aprendiendo junto con ellos.
Y en medio de todo esto aparece Young-cheol, uno de los grandes aciertos de la película. Su presencia resulta cada vez más inquietante porque no se presenta simplemente como un villano que ya conoce las respuestas, sino como alguien que vamos viendo crecer y transformarse frente a nuestros ojos. La película encuentra en él un villano capaz de hacer que el caos tenga dirección, convirtiendo su evolución en el elemento más fascinante de este juego entre la infección, inteligencia y supervivencia.
Con cada nueva revelación, los obstáculos para escapar se vuelven más complejos y las tensiones dentro del grupo ponen en riesgo la supervivencia de quienes permanecen atrapados. Sang-ho tampoco abandona el drama personal: el padre al que su hija llama con insistencia, el par de hermanos que juran protegerse hasta el final, el grupo de amigos que esconde un pasado tormentoso y el policía que debe seguir el protocolo incluso cuando hacerlo significa poner su vida en peligro. El problema aparece cuando son demasiadas historias las que buscan llegar al mismo tiempo a su desenlace. Algunas necesitan resolverse con tanta rapidez que apenas hay tiempo para interesarse por ellas, y ciertos giros terminan perdiendo fuerza precisamente porque la película no se detiene a dejarnos procesarlos.
Aun así, Colony es muy entretenida. Su ritmo vertiginoso deja poco tiempo para pensar mientras el virus se desarrolla y la amenaza cambia constantemente de forma. Y cuando los cuerpos comienzan a retorcerse de maneras grotescas, la película encuentra una imaginación visual capaz de revolver el estómago y provocar verdadero miedo. Los infectados son aterradores, pero también fascinantes, porque cada transformación parece anunciar que todavía queda algo peor por venir.
Colony lleva hasta el límite la premisa del virus contagioso y convierte el encierro en una carrera contra una amenaza que aprende demasiado rápido. Tal vez habría ganado con unas cuantas líneas narrativas menos y un poco más de tiempo para desarrollar a sus personajes, pero Yeon Sang-ho sabe cómo mantener la tensión. Entre cuerpos deformados, redes que crecen por las paredes y una inteligencia que parece no dejar de evolucionar, la película encuentra una manera bastante exitosa de mezclar dos de los grandes miedos contemporáneos: que algo vuelva a contagiarnos y que, esta vez, aquello que creamos sea mucho más inteligente que nosotros.


