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Amor es el monstruo: cuando proteger también puede destruir – TIFF 2026

En una comunidad dividida entre la seguridad de El Perímetro y la precariedad de Villa Miseria, una abuela lucha por proteger a su nieta mientras el miedo transforma los vínculos familiares. Una distopía tropical sobre el amor, el clasismo y la paranoia.

Todos los hombres del pueblo se han ido. Una enfermedad en el aire amenaza la salud de quienes permanecen, mientras la desigualdad ha provocado una fractura profunda entre clases sociales. En un lado está El Perímetro, un conjunto de casas grandes, rejas y casetas de seguridad donde las familias que pueden pagarlo viven protegidas dentro de una ilusión de tranquilidad. Del otro, Villa Miseria, un pequeño grupo de casas sencillas entre los senderos de la jungla. Entre ambos mundos existe una distancia que parece enorme, aunque en realidad basta con cruzar una reja para descubrir que quienes viven de cada lado tienen mucho más en común de lo que quieren aceptar.

En este contexto, una abuela intenta pasar tiempo de calidad con su nieta de seis años, que solo quiere jugar en los toboganes y tener un conejito de mascota. Pero su hija, dirigente del lugar, comienza a imponer cada vez más restricciones para que se vean, temerosa de que las obreras inconformes con su trabajo puedan hacerle daño a la pequeña. Así, lo que empieza como una disputa familiar se convierte poco a poco en un thriller sobre el miedo, la paranoia y las decisiones que podemos llegar a tomar por quienes amamos.

Amor es el monstruo, película dirigida por Neto Villalobos Brenes, tendrá su estreno mundial en Centrepiece de la 51.ª edición del Toronto International Film Festival. La película construye una distopía tropical que funciona como marco para hablar del clasismo latinoamericano, pero encuentra su verdadero mensaje en una pregunta más incómoda: ¿qué ocurre cuando el amor deja de proteger y empieza a hacer daño?

Desde el inicio, Villalobos presenta un sistema complejo de accesos y retenes que la abuela debe atravesar para poder ver a su nieta, que pasa sus días en El Club, un lugar de cuidados donde las niñeras llevan armas y parecen más guardaespaldas que educadoras. Ella reniega de este sistema separatista y encuentra con la niña pequeños espacios para escapar de las reglas. Juntas juegan, se divierten y se ponen en riesgo, mientras poco a poco se vuelve evidente que las diferencias entre El Perímetro y Villa Miseria también están construidas a partir de miedos infundados.

La abuela es consentidora, cómplice y cariñosa. Le cumple los caprichos a su nieta, la embarca en sus aventuras y quiere aprovechar cada minuto que tiene con ella. Pero también queda claro que ya no está en condiciones de cuidarla como debería. Los descuidos comienzan a acumularse y la preocupación de su hija no resulta completamente injustificada. Entre ambas aparece entonces una disputa que no tiene una respuesta sencilla: las dos quieren proteger a la misma niña, pero sus soluciones comienzan a pasar por encima de las demás personas y de ellas mismas.

Paulina García construye a la protagonista desde esas contradicciones. Hay ternura, orgullo, cansancio, rabia e impotencia en un personaje que intenta corregir los errores que cometió en el pasado al criar a su hija. Cuando pierde el contacto con su nieta, esa necesidad de reparar comienza a convertirse en desesperación. La cámara se acerca a ella en escenas íntimas, siempre expectante, como si también tuviera miedo de lo que puede esconderse entre los árboles, expectante de que alguien pueda saltar entre los arbustos o desde detrás de un callejón.

Y mientras tanto, las mujeres de ambos lados continúan encontrándose. Hay algo profundamente triste en descubrir que quieren prácticamente lo mismo: cuidar a sus familias, mantenerlas a salvo, asegurarles un futuro. Alguien les ha enseñado que son diferentes. Que unas deben temer a las otras. Que una vida merece más protección que otra. El perímetro existe físicamente, pero también existe dentro de sus cabezas. A final de cuentas todas quieren lo mismo para sus seres queridos.

La película tarda en encontrar su ritmo. El primer acto se extiende demasiado y vuelve varias veces sobre las mismas tensiones antes de dejar que el conflicto avance. Pero cuando la situación finalmente escala, el thriller encuentra una energía mucho más contundente y comienza a preguntarse hasta dónde puede llegar una persona cuando siente que está actuando por amor.

Porque quizá el monstruo del título no está escondido en la selva. Puede aparecer dentro de una casa protegida, detrás de una reja, en los brazos de alguien que solo quiere cuidar a quien ama. Y ahí está la paradoja más inquietante de la película: el amor puede ser refugio, pero también puede convertirse en la razón para dejar de mirar a los demás, convirtiéndonos en un monstruo egoísta.

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