Durante mucho tiempo, una bola negra era utilizada para expresar rechazo. Este año, los Javis han decidido convertir este símbolo en una celebración.
Haciendo un estruendoso homenaje a Federico García Lorca y a todas aquellas personas a las que se les dictó la forma en que debían vivir, La bola negra se apodera de las pantallas para contar una historia épica que se había negado a la comunidad LGBT+ por mucho tiempo: una obra que reivindica las historias de amor que permanecen enterradas en los campos. Se apodera, así, con fuerza y pomposidad, sin temor a desbordarse en su realización, sin pedir perdón por existir, sin reprimir ni un solo sentimiento.
Los Javis se alejan completamente de cualquier ceremonia o formalidad para darle coherencia a su discurso, y así plantarse con orgullo ante todas esas miradas que aún juzgan, que aún reprimen, que aún quieren dictar discreción y decoro a quienes los incomodan. Explosiones, actos musicales, magnificencia, se equilibran con lo personal: las caricias, los escondites y la correspondencia encriptada.
La película construye esta celebración a través de tres historias que dialogan entre sí y que, con el paso del tiempo, terminan revelando que ninguna permanece realmente aislada de las otras.
Sebastián es testigo del bombardeo de su pueblo en pleno inicio de la guerra civil española y logra escapar, pero es reclutado por el bando nacional. Ahí se le ordena custodiar al preso republicano Rafael, con quien pronto comienza a construir una relación de compasión y cariño. Nace un deseo que no puede escapar de un destino trágico, pero que también tiene el poder de cambiar la historia.
Carlos, un joven que vive en un pequeño pueblo de España en los años que anteceden a la guerra civil española, vive bajo la presión constante de su padre para integrarse al club masculino que dará legitimidad a su apellido. Pero el consejo del club duda de la capacidad del joven para seguir las reglas de moralidad debido a los rumores sobre su homosexualidad. Carlos debe decidir entre el deber hacia su padre y su propia libertad, ansioso por dejar de recibir la bola negra en la votación final.

Alberto es historiador y vive en un siglo posterior al de los otros dos personajes, por lo que su vida parece ser diferente y más fácil que la de ellos. Pero la precaria relación con su madre y un secreto en su familia pronto le dan pistas que podrían llevarlo a descubrir un manuscrito de suma importancia, capaz de cambiar su carrera, pero también su propia vida. Para comprender la historia completa tendrá que reducir la distancia con su madre, construir lazos más empáticos dentro de su familia y atreverse a mirar de frente los secretos del pasado.
Los Javis se encargan de crear esta gesta que escribe una nueva narrativa, fieles a su trabajo previo en otros medios, en los que ya han dado espacio para reivindicar a figuras e historias de la comunidad LGBT+, e imaginan todo lo que pudo pasar con esas vidas que fueron arrebatadas. Toman los elementos y símbolos de la cosmología de Lorca, se basan en las cuatro páginas encontradas de La bola negra, manuscrito inconcluso del autor que sería su primera pieza en plantear de forma explícita un personaje homosexual, y en el texto de La piedra oscura, de Alberto Conejero, que tiene por protagonista a Rafael Rodríguez Rapún, secretario de La Barraca y compañero de Lorca durante los últimos años de su vida.
El gran logro de los Javis es la encarnación de la propia voz del poeta: hay una integración de sus símbolos y su obra que hace parecer que el mismo Lorca cobra vida y nos acompaña en la proyección de la película. Él vive en su actitud sin pedir disculpas, vive en su irreverencia, está en su valentía de darle voz a quienes se encuentran más desamparados, en mirar con ternura y orgullo a quienes viven fuera de los márgenes del conservadurismo. Está también en la accesibilidad, en la convicción que tenía por llevar la cultura a todas las personas. Por eso Los Javis no recurren a formalismos o figuras complacientes: rompen las reglas, van en contra de la moderación. Así es como puede existir la imagen de un gran tanque cargado de mujeres que cantan a los militares cansados y agobiados; y así se traduce todo en secuencias heroicas llenas de explosiones y derrumbes; o en los planos secuencia, perfectamente coreografiados, que se llenen de extras al ritmo de una música atronadora. Son escenas dispuestas a sentirlo todo, que existen simplemente porque pueden, porque nadie las puede contener, porque todas y todos tenemos derecho a reconocernos en las historias.
No se escatima en recursos visuales ni narrativos. Los diferentes tonos de la película pueden leerse como un viaje emocional que también sigue los conflictos de sus personajes: es la contraposición de los momentos ceremoniosos del joven Carlos frente a su padre con ese escape a un bar en el que se libera por medio de un baile que encapsula todo su mundo y su sentir sin necesidad de pronunciar palabras; es la contraposición del melodrama íntimo que se vive entre Sebastián y Rafael con las escenas de cruel violencia del conflicto armado en el que están atrapados; es también el contraste entre el hiperrealismo de las escenas de Alberto con su madre y el desbordamiento poético de la voz de Lorca a través de su obra.
Es precisamente en las escenas sin diálogos en las que la película encuentra su punto más emotivo y poderoso. Una de las más memorables se construye solamente con movimiento: Carlos toma impulso para lanzarse a la pista de baile. Primero parece convulsionar, como si el movimiento no pudiera salir naturalmente de su cuerpo, mientras un par de mujeres intentan hacerlo entrar en ritmo. Pero es cuando alguien le entrega una bola blanca en las manos que él decide montarse a la barra del bar y saltar al vacío, caer en los brazos de un hombre con quien baila finalmente en sincronía, para después poder volver a su lugar, transformado, habiendo expulsado el miedo, la presión y la rabia, ahora disfrutando de esa sensación de haberle hecho caso a su corazón. Porque Carlos no lo puede expresar, no sabe las palabras, no en este momento de la historia. Parece que no le queda escapatoria y que la única forma de procesar todo esto es en silencio.

Por unos minutos, el cuerpo consigue decir aquello que Carlos todavía no puede pronunciar. El baile se convierte así en una forma de libertad que no necesita explicación ni permiso, una manera de existir frente a un mundo que insiste en ponerle límites a la forma en que debe comportarse.
La película también encuentra la forma de abrazar a España desde una perspectiva queer, haciendo un retrato cariñoso de la identidad española, totalmente alejado de las miradas conservadoras y nacionalistas, rescatando elementos de la música, la historia y la cultura de un país que se encontró convulsionado en su momento por un hombre diminuto de ideales absurdos que se empeñó en dictar cuál debía ser la identidad de un país diverso y apasionado. Porque España también pertenece a quienes recibieron el mensaje de que no podían formar parte de aquella limitada idea de nación. Vibrar con el retumbar de la historia, admirar cómo se hace posible lo inimaginable, pero sobre todo encontrarnos para escribir un final distinto a la historia, saber que tal vez una imagen, una palabra o una canción no podrán regresar a los muertos. Pero sí podemos confiar en que el amor y la memoria serán la fuerza que nos mantendrá unidos por la eternidad, porque nadie tiene derecho a definir una nación, ni la existencia misma, desde una burbuja de intolerancia y odio.
Y quizá por eso la recuperación de estas historias importa tanto: no solamente porque ocurrieron, sino porque alguien tiene que poder encontrarlas para imaginar que también hay un lugar para ellas en el presente y en el futuro.
Tal vez por momentos la forma de contar tantas cosas al mismo tiempo se vuelve torpe. Una historia parece tener mayor protagonismo que las otras, pero el riesgo vale la pena para abarcar todas las implicaciones de una epopeya que por mucho tiempo se contó en susurros. Esta es una carta de amor a la historia que pudo ser, no a la historia que quieren obligarnos a creer.
Lo que podría ser un acto pretencioso termina por crecer como una rebeldía en solidaridad, un escaparate de las historias que tuvieron que vivirse en soledad y aislamiento, detrás de las puertas, y que hoy salen a la luz con la monumentalidad de un San Sebastián que se levanta entre los escombros, de una montaña nevada que nos asciende a la libertad, del reconocimiento de los referentes con los que muchas generaciones no pudieron crecer.

Un referente no solamente demuestra que alguien como tú puede existir; también permite imaginar qué podrías hacer con esa vida. La música, el teatro, la poesía, el cine, el amor y el deseo dejan de aparecer como destinos condenados al secreto y empiezan a formar parte de un horizonte posible. Pertenecer a una minoría no tendría por qué ser una sentencia de muerte, sufrimiento o soledad, aunque durante mucho tiempo esas hayan sido las historias que se nos han contado. La diversidad es lo natural, por eso en ella reside la riqueza de la humanidad.
Hay algo profundamente especial y conmovedor en ver estas historias en pantalla, porque es alzar la voz, no aceptar que se nos envíe a las sombras, no aceptar que se nos pida actuar para ser aceptados por los demás, sino encontrar un espacio para reconocernos y recordar que incluso en los momentos más oscuros, la autenticidad y el amor nos han hecho prosperar. Un encuentro entre generaciones, porque las acciones de unos afectan a los otros y, de una forma u otra, las historias de siglos pasados aún están conectadas a las nuestras. Por quienes estuvieron, por quienes aún estamos y por quienes vendrán.
Los Javis logran una gran complicidad con el elenco, una alineación de estrellas que decide seguirlos hasta los confines de esta travesía. Guitarricadelafuente se entrega vulnerable a su personaje, mostrando su forma de navegar entre el deber y el sentir. Milo Quifes encarna con valentía el espíritu atrapado de su personaje en un mundo lorquiano, dejándose llevar por la historia incompleta de Lorca, cuyo rumbo es fácil de imaginar por la similitud de las experiencias, a pesar de las diferencias generacionales. Es eso: La bola negra explica una experiencia universal. Que Los Javis hayan decidido enmarcarla en el contexto español funciona como homenaje y plataforma, pero en el fondo lo que se muestra en pantalla es una experiencia perfectamente reconocible. Mientras que Carlos González y Lola Dueñas entregan actuaciones crudas y poderosas, confiados en el gran ritmo y los diálogos que tenían entre manos, para crear personajes entrañables con los que logramos empatizar desde el primer minuto. Y, por supuesto, Penélope Cruz, que se une a la celebración con un encanto que hipnotiza en la ficción y en la realidad, dispuesta a construir junto a los Javis un personaje tridimensional que preserva la memoria y homenajea a todos esos personajes que aún faltan por nombrar.
Lo profundamente hermoso es que estas historias puedan encontrarse entre generaciones, porque el referente no siempre llega a tiempo para quien lo necesita, pero puede llegar para quienes vienen después.
Pisar fuerte para ser reconocidos, a sabiendas de las acusaciones que llegarán por ser ruidosos, por ser rebeldes, por no seguir el mandato. Mejor aún: esperar a que lleguen y darles frente con orgullo, unidos, sin retroceder, sin rendirse a las convenciones. Porque por mucho tiempo la bola negra fue una condena, pero a partir de ahora la tiramos por las escaleras para que nunca nadie más tenga que sentirse presionado a complacer a los demás antes que a vivir la vida en plenitud.


