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Guria: El absurdo de vivir juntos cuando todo el mundo se conoce – Venecia 2026

En un pequeño pueblo de Georgia, un concurso de belleza reúne a dos pretendientes rivales, tres familias y una cadena de malentendidos que amenaza con alterar la tranquila rutina de la comunidad. Entre deudas, romances y absurdos, todos tendrán que aprender a convivir.

El certamen de Miss Guria 1992 está por llevarse a cabo y este pequeño pueblo en el oeste de Georgia se prepara para el gran acontecimiento. La joven Eka decide participar y ahora sus dos pretendientes rivales, Beso y Achi, se proponen ir y apoyarla en la competencia. Pero antes del gran evento, las familias de los tres jóvenes se enredan en una situación totalmente absurda provocada por un intento de robo que termina en una emergencia médica y que desencadena historias de amor paralelas entre chicos y grandes. En medio de una crisis económica y viviendo en condiciones precarias, padres, hijos, tíos, primas y prácticamente todas las personas que se conocen en tan pequeña comunidad tendrán que limar asperezas y resolver los problemas que agitan un poco la monótona rutina de la vida en el campo.

La película Guria, del director Levan Koguashvili, se estrenó en la 83 Biennale de Cine de Venezia, un relato tragicómico en blanco y negro que utiliza esta pequeña comunidad tanto como parodia social como para observar las consecuencias del colapso de la Unión Soviética. Pero más que detenerse en la denuncia, la película encuentra su personalidad en algo mucho más sencillo: la forma en que enreda las tramas de tres familias que inevitablemente se tienen que encontrar en todos lados. Pueblo chico, infierno grande.

Koguashvili construye una especie de fábula absurda donde nadie es completamente bueno ni malo y, al final, todas las personas siguen formando parte del mismo lugar. La historia podría dividirse en dos narrativas claramente establecidas. Por un lado está Zuriko, el padre de Achi, agobiado por sus deudas y buscando una forma de vender mejor sus sacos de nueces, mientras Gela, su mejor amigo, intenta encontrarle una nueva esposa para satisfacer las exigencias de la familia. Por el otro están los jóvenes, con Beso y Achi compitiendo por la atención de Eka y tratando de impresionarla incluso durante las clases de preparación militar que un profesor recién retirado les imparte con gran seriedad. Las dos historias avanzan de forma paralela, entre enfrentamientos, enamoramientos y malentendidos, pero nunca parece que nadie esté especialmente preocupado por resolverlos de manera definitiva. Los problemas aparecen, provocan un enorme alboroto y, cuando terminan, estas personas simplemente siguen con su vida.

Ahí es donde la comedia encuentra su mayor fuerza. El humor es seco, casi absurdo, y muchas situaciones rozan lo disparatado sin que los personajes reaccionen como si algo extraordinario estuviera ocurriendo. Hay una aceptación casi resignada de las circunstancias: esto les tocó, así funciona su pueblo y ni modo. La película encuentra gracia precisamente en observar cómo una comunidad puede convivir con sus propias contradicciones sin dejar de reconocerse como parte de un mismo conjunto. El ladrón sigue siendo vecino, los rivales terminan compartiendo espacio y quienes se pelean hoy probablemente tendrán que ayudarse mañana.

El blanco y negro refuerza esa sensación de fábula, pero es sobre todo la fotografía de Gigi Samsonadze y Giorgi Shvelidze la que convierte a Guria en un lugar casi mágico. Cada cuadro parece una obra de arte, lleno de personalidad y de composiciones que podrían existir por sí mismas como fotografías. Los paisajes y las habitaciones adquieren dimensiones inesperadas y las escenas encuentran una belleza particular en espacios que, en teoría, deberían sentirse ordinarios. Hay momentos que parecen pertenecer a otro tiempo, cargados de una peculiaridad visual que vuelve inolvidables incluso las situaciones más simples.

El ritmo de la historia se mantiene constante, pasando del absurdo a la ternura, aunque la edición a veces resulta abrupta entre escenas y entorpece un poco la lectura de las diferentes historias. Algunas situaciones también se tratan con cierta ligereza y se omiten detalles que parecían importantes para la trama, como cuando Zuriko pasa de recuperarse de una operación en su brazo a poder cargar cosas pesadas en cuestión de horas. Pero incluso esas pequeñas inconsistencias parecen quedar absorbidas por la lógica particular de este universo, donde la vida tiene que seguir avanzando aunque las circunstancias no parezcan tener demasiado sentido.

Encontrando la fuerza de su propuesta en la sencillez sostenida por una realización cariñosa, es imposible no enamorarse de los habitantes de Guria. Son personas sencillas, con defectos, virtudes, secretos y problemas, pero también con un enorme talento y una capacidad de resistencia que nunca necesita convertirse en discurso. Koguashvili observa a esta comunidad con una ternura que no los idealiza, sino que los acepta tal como son. Justo ahí se encuentra la verdadera magia de la película: en un mundo donde todo parece pequeño, limitado y compartido, incluso las diferencias pueden convertirse en una forma de mantener la comunidad viva. Porque, al final, nuestras diferencias pueden hacer la vida más complicada, pero sin ellas también sería bastante aburrida.

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