Un salón de belleza antes luminoso y alegre se ha convertido en una residencia de enfermedad y muerte. Sumergidos en un lugar que parece desdibujar el tiempo y el espacio, un Individuo cuida de las personas enfermas que han sido relegadas de la luz, mientras crece también su obsesión por cuidar de todo tipo de peces. Mientras en el exterior del salón crece la amenaza de una horda que quiere terminar con el contagio de esta epidemia sin nombre, el Individuo comienza a refugiarse cada vez más en sus acuarios, dejando de lado poco a poco el calor humano que necesitan quienes esperan dentro de sus paredes.
Salón de belleza, de la directora Nathalia Acevedo, se estrena en Giornate degli Autori del 83 Biennale de Cine de Venezia, una propuesta visual hipnótica que construye este espacio sórdido en el que la muerte se mezcla con los recuerdos y la esperanza, entrelazando las memorias de días más luminosos con la asfixiante atmósfera de esta morgue improvisada. Explorando este contraste también en la construcción del mundo, Acevedo dibuja un viaje contemplativo y poético que navega desde las profundidades del mar hasta los pequeños gestos de humanidad que permanecen a pesar de la condena con la que cargan quienes llegan al salón.

Adaptando la novela homónima de Mario Bellatin, la directora toma los elementos básicos del relato queer sobre las condiciones de la comunidad durante la crisis del VIH/sida y los deja vivir en el anonimato y la alegoría, dándole más peso a la fotografía que a la historia misma. Los elementos se presentan, imitando un poco al libro, sólo sugeridos pero en cercana referencia a esa enfermedad desconocida, a una población relegada y a los prejuicios de una sociedad desinformada, lo que permite que la película se sienta genuina a la realidad latinoamericana en todas sus latitudes. No hace falta nombrar la ciudad, a las personas o al miedo. Lo que se comparte es la experiencia y el sentimiento: el desamparo de ser olvidados en un espacio oculto a los ojos de los demás para simplemente esperar el último suspiro.
Sin embargo, la decisión de conservar este tono termina jugando también en contra de la película. La frialdad y distancia que funcionan para construir la alegoría se trasladan a los personajes, que son elusivos y tienen poco tiempo para presentarse. El Individuo se vuelve una presencia casi anónima, atrapada en una rutina de cuerpos, peces, agua y muerte, pero el guion introduce escenas de su pasado e incluso pequeños indicios de su vida antes del salón que parecen intentar explicar quién es sin llegar realmente a desarrollar esa historia. Si la intención era construir una alegoría desde el anonimato, esos momentos parecen innecesarios; si la intención era contar la evolución de este personaje, entonces hace falta mucha más información para entenderlo.
Esto se siente especialmente extraño en la relación entre el Individuo, los enfermos y los peces. Hay elementos muy poderosos para hablar de deshumanización: los peces que pueden convertirse en caníbales para sobrevivir, la forma en que administra cuidados básicos muy cuestionables a quienes aún se aferran a la vida, la precariedad con la que son tratados y la creciente obsesión con la vida que existe dentro de los acuarios. Sobre el papel, la metáfora es potentísima: mientras las personas son cada vez más reducidas a cuerpos que esperan la muerte, los peces reciben cuidados, atención y fascinación. Pero la película no siempre consigue hacer visible esa transformación. La idea está ahí, pero por momentos resulta necesario conocer el relato original para comprender exactamente qué se está construyendo.

Un protagonista al que no conocemos y del que no conocemos realmente sus intenciones ni las circunstancias que lo llevaron a este estado casi de trance y obsesión termina siendo tan misterioso como el propio salón. Tal vez el personaje funciona mejor cuando simplemente lo observamos cumplir su rutina, atrapado entre personas que esperan morir y peces que todavía pueden sobrevivir. El problema es que cuando la película intenta contarnos quién era, en lugar de acercarnos a él, el misterio sólo se vuelve más confuso.
Todo esto contrasta fuertemente con el aspecto cinematográfico de la obra, que sí presenta un festín en pantalla. Acevedo utiliza tomas que logran borrar las líneas espacio-temporales de una forma poética y suave, apoyándose en su lirismo con la construcción de un set que, entre sombras y decadencia, crea la atmósfera perfecta para reflejar la tristeza y el abandono. Los acuarios se convierten en pequeñas ventanas hacia otro mundo, uno en el que todavía parece existir algo parecido a la belleza mientras todo lo demás se descompone.
Ahí habita su mayor contradicción: la película parece haber encontrado un lenguaje visual perfecto para hablar del abandono, pero no siempre consigue encontrar el equilibrio entre la alegoría y la narración. Hay imágenes bellísimas, una atmósfera hipnótica y una sensibilidad muy particular, pero también escenas que parecen pedir una explicación que se pierde en el abismo.
Su mundo submarino esconde una belleza sórdida que puede atrapar a todo aquel que se permita flotar libremente, esperando tocar el fondo de un mar de lágrimas frías, solo para encontrarse abandonado en la oscuridad de aguas desconocidas.

