Paolo Marra asesinó a su esposa hace dos días. Nadie se ha percatado, pero la culpa comienza a consumirlo y decide ir a la estación de policía para entregarse. Esto nos lo dice justo al iniciar la película, directamente mirándonos a los ojos, sin explicar nada más sobre sus motivos o las circunstancias. A partir de ese momento comienza una cruzada para lograr que alguien lo tome en serio en la estación de policía, atrapado en un sistema absurdo en el que todas las personas parecen encontrar una razón para evitar hacer su trabajo. Viendo que nadie piensa detenerlo o presentar cargos en su contra, Paolo comienza a perder la cordura, pensando incluso en repetir su crimen para finalmente lograr atraer la atención de las fuerzas policiales.
Roberto De Paolis Maino presenta Serpenti en la 83ª Biennale de Cine de Venezia, una sátira al sistema judicial y a la actitud indiferente con la que puede responder ante la violencia contra las mujeres. La historia se desenvuelve casi por completo en el microcosmos de una comisaría aparentemente desierta, llena de carpetas amontonadas y formatos mal organizados, a la que Paolo llega en búsqueda de resarcir su remordimiento, pero en cambio queda atrapado en un lento bucle de ineptitud y desinterés.
A través del encuentro con tres personajes clave, De Paolis Maino intenta acentuar el absurdo y la indignación de la experiencia de este hombre. Primero está el agente de policía, que parece escéptico de su confesión y va encontrando cada vez más excusas para no hacer su trabajo. Después aparece el abogado que le asignan, quien desecha el caso como asesinato, intenta minimizar la muerte de la mujer y cambiar la narrativa para revictimizarla. Finalmente está una tarotista que también lleva tiempo esperando en estas oficinas y que le lee su futuro, instándolo a tomar acción para llamar la atención de las autoridades. Cada encuentro añade una nueva capa al juego de egos que parece dominar la comisaría: a nadie le importa realmente resolver el crimen, sino quién podrá llevarse el crédito cuando finalmente exista algo que resolver.

La premisa resulta efectiva precisamente porque coloca a Paolo en una posición incómoda. Es un asesino, pero también es la única persona que parece estar intentando asumir lo que hizo. Al hablar directamente con la audiencia, se presenta como alguien completamente honesto, y es fácil compartir su frustración cuando nadie parece interesado en escucharle. Pero la película tampoco busca convertirlo en una víctima. Su esposa permanece como una ausencia casi total, reducida al hecho de haber muerto, y nadie parece preguntarse quién era o por qué terminó asesinada. Esa omisión funciona como parte de la crítica: incluso cuando el asesino se presenta voluntariamente ante las autoridades, la mujer termina convertida en un expediente más.
El problema es que el guion parece insistente en marcar sus bromas y en subrayar el absurdo de cada situación. En lugar de ser una experiencia que escala para hacerse cada vez más ridícula, termina por sentirse atrapada en su propio mecanismo. Los recursos comienzan a agotarse rápido y las situaciones, en vez de volverse más absurdas, simplemente se repiten. La crítica es evidente, pero los personajes permanecen demasiado unidimensionales y el ritmo se vuelve largo y aletargador.
La cámara captura a Paolo siempre minúsculo, atrapado en esta maquinaria burocrática, con tomas amplias que muestran lo grande y pesado del lugar, un reflejo del sistema que lo habita. Es una imagen sencilla pero efectiva: una persona intentando encontrar una respuesta dentro de una institución que parece diseñada para impedir que suceda cualquier cosa. Sin embargo, esa misma distancia termina contribuyendo a la sensación de que la película observa el problema sin encontrar nuevas formas de explorarlo.

La exasperación por fin llega al final, cuando la justicia que busca Paolo se presenta de una forma inesperada. O, más bien, de una forma bastante predecible. Después de pasar toda la película intentando que lo arresten por un asesinato, finalmente es detenido por algo mucho más pequeño. La ironía funciona y confirma la crítica de la película, pero llega demasiado tarde y sin producir una verdadera sorpresa: desde el principio parece evidente que el sistema terminará castigándolo por cualquier cosa menos por aquello que realmente hizo.
Navegar por un sistema judicial deficiente puede hacernos sentir como una serpiente persiguiendo su propia cola en un juego cruel que parece infinito. Serpenti encuentra una buena imagen para hablar de la burocracia, los egos y la indiferencia que permiten que la justicia pierda de vista aquello que debería importar. El problema es que la película termina haciendo algo parecido: encuentra rápidamente el absurdo de su propia situación y después pasa demasiado tiempo dando vueltas sobre el mismo lugar. La serpiente se muerde la cola, pero después de un rato ya sabemos exactamente dónde va a terminar.


