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Tijuana, todavía: un hogar entre el desarraigo y el deseo – Venecia 2026

En su ópera prima, Gabriel Gutiérrez Morales observa la vida fronteriza desde la intimidad y encuentra en el lenguaje una forma de expresar tanto la complicidad como el desencuentro. Tijuana, todavía construye una mirada sensible sobre el desarraigo y la experiencia queer, sostenida por la posibili…

Chava, un hombre gay de mediana edad que vive en Tijuana, y Maksim, un joven queer que huye de Rusia para evitar ser reclutado en el contexto de la guerra en Ucrania, se conocen a través de una aplicación de ligue. Ocultos detrás de alter egos digitales, establecen un contacto que termina por trasladarse del mundo virtual a la vida real.

Tijuana, todavía, ópera prima del director y guionista mexicano Gabriel Gutiérrez Morales, tuvo su estreno mundial en el Festival de Cine de Venecia, como parte de Biennale College Cinema. Protagonizada y producida por Humberto Busto, la película encuentra en la relación entre sus personajes una manera de acercarse a la frontera desde la intimidad, el deseo y la búsqueda de un lugar al que pertenecer.

Cuando Chava encuentra a Maksim en un refugio, el vínculo comienza a transformarse en algo mucho más tierno y paciente de lo que su primer acercamiento podría sugerir. La diferencia de edad entre ambos es considerable, pero la película nunca presenta la relación desde una mirada predatoria. Se detiene en la complicidad que construyen y en cómo cada uno encuentra en el otro algo que le hace falta, sin que esa cercanía borre sus diferencias ni resuelva de inmediato sus conflictos.

Maksim extraña su hogar, y esa nostalgia resulta especialmente dolorosa porque regresar no es una opción sencilla. A la amenaza del reclutamiento se suma la persecución por su identidad en su país de origen. La película no necesita grandes escenas explicativas para transmitir el peso de esa pérdida. Cuando Maksim habla de extrañar su casa, habla también de quienes hacían de ese lugar un hogar: sus amigos, su expareja y la vida que dejó atrás.

Chava, por otro lado, atraviesa una forma distinta de desarraigo. Vive solo en una casa demasiado grande para él y pasa los días sin demasiada dirección ni motivación. Su aislamiento no equivale al exilio de Maksim, pero la película encuentra un punto de contacto entre esas dos experiencias de soledad. Uno ha tenido que abandonar su vida; el otro parece haberse quedado detenido dentro de la suya. El pasado pesa sobre ambos y condiciona lo que están dispuestos a compartir, así como la posibilidad de imaginar un futuro.

A través de ellos, Gutiérrez Morales propone una mirada sobre la frontera entre México y Estados Unidos que constituye uno de los mayores aciertos de Tijuana, todavía. La ciudad suele aparecer en el cine a través de historias de crimen, narcotráfico, violencia y migración entendida casi exclusivamente desde la tragedia. Y sí, todas esas realidades existen, pero Tijuana también está llena de otras historias. Sin ignorar ese contexto, el director se acerca a la vida cotidiana de quienes la habitan y encuentra espacio para el deseo, la ternura y la incertidumbre de dos personas que todavía están intentando descubrir qué hacer con sus vidas.

Esa búsqueda de cercanía encuentra su expresión más interesante en el uso del lenguaje. Alrededor de la mitad de la película, Maksim comienza a hablarle a Chava en ruso y Chava le responde en español, como si ambos entendieran perfectamente el idioma del otro. Sabemos que no es así, pero durante un largo tramo esta dinámica se instala con completa naturalidad. La manera en que se miran, se escuchan y se acompañan sostiene una regla imaginaria que el espectador termina por aceptar: dentro de la intimidad que han construido, las palabras dejan de ser un obstáculo.

Cuando las cosas empiezan a complicarse entre ellos, esa regla también se rompe. Vuelven a comunicarse en una mezcla mucho más torpe de español e inglés, y la distancia se hace evidente. Es un recurso sencillo, pero muy efectivo, porque permite que las dificultades de la relación se manifiesten en la propia conversación. Lo que antes parecía fluir sin esfuerzo se vuelve incómodo, y hacerse entender exige algo que ninguno puede dar por sentado. Gutiérrez Morales encuentra así una forma de mostrar el desencuentro sin necesidad de explicarlo.

Es en esa fragilidad donde Tijuana, todavía se siente más humana. Su mirada sobre la experiencia queer está presente en la forma en que los personajes viven el deseo, revelan su identidad y enfrentan el miedo a mostrarse frente al otro. La película reconoce que no existe una sola manera de atravesar esos procesos y permite que sus diferencias formen parte del vínculo. Estar juntos les ofrece compañía y una posibilidad de cambio, pero también los enfrenta a aquello que todavía no han podido dejar ir.

Aunque aborda el exilio, la migración, la identidad y la pertenencia, la película evita que sus personajes queden reducidos a los temas que representan. Estas experiencias adquieren sentido en sus gestos, sus conversaciones y sus intentos por entenderse. Ahí está buena parte de su fuerza: en permitir que las ideas surjan de la relación entre Chava y Maksim, sin desplazar la atención de lo que ocurre entre ellos.

Como primera película, el trabajo de Gabriel Gutiérrez Morales deja ver una voz prometedora tanto en la dirección como en el guion. Su sensibilidad para conectar el espacio fronterizo con la intimidad de los personajes encuentra en el lenguaje su recurso más logrado. También resulta significativo el compromiso de Humberto Busto con el proyecto, al asumir el papel central y la producción de una historia que apuesta por observar de cerca a sus protagonistas.

Tijuana, todavía es una película pequeña en escala, pero con mucho que decir. Encuentra en esta relación una manera de mirar la ciudad desde las vidas que se construyen en ella, con sus pérdidas, sus deseos y sus posibilidades. Sobre todo, recuerda que una frontera no solamente está hecha de personas que cruzan de un país a otro, sino también de quienes intentan encontrar un lugar al que puedan llamar hogar.

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