Boon Kiat tiene un puesto de noodles en Singapur, un edén para quienes buscan comida y cerveza barata. Espera que pronto su hijo Junyang herede el negocio, una vez que termine su servicio militar. Pero padre e hijo cambian sus planes cuando el amor llega a sus vidas: Boon Kiat se enamora de Bee Hwa, una de las meseras; y Junyang está locamente enamorado de Lydia, una estudiante modelo a la que conoció en un concierto de BTS. A partir de esto, la vida de la familia se transforma por completo cuando una serie de eventos inesperados los obliga a reconfigurar sus vidas y repensar en su futuro.
We Are All Strangers, película dirigida por Anthony Chen, se presentará en el 51 Festival Internacional de Cine de Toronto después de su paso por la Berlinale de este mismo año, cerrando la trilogía de películas que Chen lleva más de una década trabajando. Intentando retratar la realidad de las personas marginalizadas en Singapur y las condiciones de vida a las que se tienen que enfrentar, Chen también busca construir un balance entre los claroscuros de la ciudad, desde los grandes complejos de vivienda comunitaria y la vida religiosa hasta los barrios pobres y los nuevos edificios de viviendas de lujo, mostrando la llegada de turistas e inmigrantes que pronto desplazan a los habitantes de la ciudad, obligándolos a competir ferozmente por su sobrevivencia.

Pero conforme avanza la historia, resulta cada vez más difícil sentir que Chen realmente está observando estas condiciones sociales y no simplemente utilizándolas para castigar a su protagonista. La película se centra en Junyang, un joven que quiere construir una vida mejor pero que se presenta desde el principio como un personaje profundamente antipático: es borracho, desobligado, flojo y parece incapaz de asumir las responsabilidades que constantemente recaen sobre él. Aun así, existe una razón para esperar que cambie. Su padre trabaja y sostiene el negocio, su madrastra es comprensiva, su novia realmente está enamorada de él y las personas a su alrededor parecen dispuestas a darle oportunidades. Durante buena parte de la película se espera que, en algún momento, Junyang entre en razón.
El problema es que nunca parece tener una oportunidad.
Cada vez que intenta comenzar algo nuevo, el fracaso ni siquiera surge necesariamente de su incapacidad. Cuando consigue un nuevo trabajo o encuentra una posibilidad para mejorar su situación, algún acontecimiento externo cambia completamente las circunstancias y termina desconcentrándolo, devolviéndolo a la flojera, la borrachera o la irresponsabilidad. Una y otra vez aparece algo que le mete el pie, y en lugar de construir una reflexión sobre las dificultades que atraviesan a quienes intentan salir adelante, la película parece simplemente seguir pisoteándolo hasta devolverlo al mismo punto de partida.
Y esto se vuelve todavía más frustrante porque la película insiste en utilizar una estructura de vida cotidiana que debería ayudarnos a conocer mejor a sus personajes. Chen prolonga escenas y diálogos con la intención de hacernos permanecer junto a ellos, pero muchas veces esos momentos no aportan ninguna dimensión adicional. No es que el problema sea que los personajes hablen de cambiarle el pañal a un bebé o que un jefe muestre un departamento a su nuevo empleado; el problema es que estas escenas se desarrollan como si simplemente tuvieran que informarnos de lo que está pasando. Más que sentir que estamos entrando en la vida de estos personajes, parece que estamos viendo una demostración inmobiliaria.

Es precisamente ahí donde la película confunde la cotidianidad con profundidad. El cine puede encontrar enorme significado en una conversación aparentemente trivial porque, mientras los personajes hablan, descubrimos quiénes son las personas que tenemos enfrente, entendemos sus relaciones, sus deseos, sus contradicciones. Aquí, en cambio, los diálogos son muchas veces vacíos y huecos, explican lo que los personajes están haciendo pero rara vez nos permiten comprender por qué lo hacen o qué importancia tiene que nosotros escuchemos esas palabras. Son conversaciones que ocupan tiempo sin necesariamente construir intimidad.
La inconsistencia se extiende también a la estructura. Los problemas aparecen, se desarrollan durante un bloque y después prácticamente son abandonados para concentrarse en otro. La película cambia constantemente de ambiente, introduce nuevas dificultades y deja olvidadas las anteriores, como si estuviéramos viendo tres historias diferentes que casualmente siguen ocurriéndole a las mismas personas. Boon Kiat y Bee Hwa, que parecían destinados a formar parte fundamental de la historia familiar, terminan desapareciendo en medio de esta sucesión de conflictos, mientras nuevos acontecimientos toman el control de la narración. Incluso cuando aparecen tragedias que deberían transformar profundamente a los personajes, el guion parece más interesado en encontrar el siguiente obstáculo que en detenerse a procesar lo que acaba de suceder.
Lo frustrante no es que las cosas salgan mal para Junyang, sino que muchas veces las consecuencias parecen depender de circunstancias externas que aparecen justo cuando la historia necesita cambiar de dirección. Así, la sensación de estar viendo a un personaje enfrentarse a las consecuencias de sus decisiones se transforma poco a poco en la de observar a alguien atrapado en una sucesión interminable de giros del destino.

Chen tampoco consigue que su puesta en escena termine de compensar estas deficiencias. Hay movimientos de cámara que buscan dinamismo y cierta innovación de toma a toma, mientras que otras escenas están construidas con suficiente cuidado como para producir fotografías de gran belleza y armonía. Pero la irregularidad resulta evidente: algunas secuencias se sienten frías y prefabricadas, casi como si pertenecieran a una producción de estudio, mientras que otras encuentran un contraste de luz y color mucho más interesante. La forma parece estar buscando constantemente una identidad que la historia nunca termina de encontrar.
Y quizá lo más extraño es que una película que pretende hablar de la familia, la precariedad, la vivienda, la transformación de Singapur y las dificultades de quienes intentan encontrar un lugar dentro de una ciudad que cambia rápidamente termine reduciendo buena parte de esas condiciones a una especie de castigo narrativo. Lo que podría haber sido una mirada compleja sobre las presiones económicas y sociales que atraviesan a una familia termina pareciendo un discurso moral sobre lo que está bien y lo que está mal, sobre la importancia de hacerle caso a los mayores incluso cuando eso significa renunciar a las propias metas.
Tal vez todos son tan desconocidos en esta historia que nunca terminaron de encontrar un punto que les permitiera andar por el mismo camino. Lo que pretendía ser una película sobre el valor de la familia y el deber, termina sintiéndose como un juego cruel del destino, en el que cada nuevo problema aparece antes de que podamos comprender el anterior y en el que la esperanza de que alguno de estos personajes encuentre una salida se pierde entre tantos obstáculos que, al final, parecen existir simplemente porque la película necesita que sigan ahí.


