Béatrice Courte, una académica francesa que realiza una investigación sobre la memoria, se cruza con los registros de la máquina del cronovisor, un dispositivo que supuestamente es capaz de fotografiar el pasado. Atrapada por la consigna, intenta averiguar más sobre el supuesto invento, hasta que se ve envuelta en una investigación que pondrá a prueba los límites de su prestigio académico y la acercará a los terrenos del ocultismo. Ahora, decidida a encontrar respuestas sobre la desaparición de su creador, intentará por todos los medios dar con la pieza final de un rompecabezas que podría llevarla a confirmar la existencia de dicho dispositivo.
Chronovisor, la película dirigida por Jack Auen y Kevin Walker, formó parte de la 50.ª Mostra Internacional de Cinema de São Paulo, en la competencia de Nuevos Directores. Recordando algunas sagas de intriga académica, Auen y Walker construyen un misterio de ciencia ficción que se resuelve mayormente a través de materiales de archivo: libros, fotografías, VHS, periódicos y registros sonoros van creando un collage que alimenta también la tensión de la película. Los directores se arriesgan a sostener su trama enteramente en fragmentos, lecturas y pistas de audio que descubrimos junto a la protagonista, quien pronto queda atrapada por la obsesión de que el cronovisor sea real.
La estética y el diseño de arte capturan un ambiente noir que nos invita a convertirnos en detectives de la historia, a crear nuestras propias conclusiones, pero también a descubrir una red de poder y control que parece estar protegiendo intereses dudosos al evitar que este invento salga a la luz. Lo que comienza como una investigación abierta pronto se ve censurado, y esa resistencia a revelar la verdad termina por alimentar las sospechas de Béatrice. La legitimidad de los hechos parece asegurada para nuestra protagonista, que comienza a jugar con los límites de la ética profesional con tal de encontrar alguna pista que le diga qué fue de aquel aparato que supuestamente ya pudo tomar una fotografía del pasado.

Uno de los aciertos de la película está en la autenticidad que consigue con sus materiales. La construcción y presentación de los archivos hacen pensar que, en efecto, alguien fue a una biblioteca, encontró los documentos y los escaneó para ponerlos frente a nosotros. Libros, fotografías y registros parecen tener una existencia propia, y esa veracidad se convierte en un gancho que alimenta nuestra curiosidad. No se trata solamente de seguir una investigación, sino de sentir que estamos frente a evidencias que podrían confirmar algo extraordinario. La película nos invita a creer en el juego, y lo hace con una convicción que vuelve cada nuevo fragmento una posible revelación.
Béatrice es el motor de esta obsesión. Aunque aparece poco en pantalla, cuando lo hace la vemos realizando acciones contundentes: pide libros que cree que pueden ayudarla, hace llamadas, busca a alguien, sigue una pista. Su presencia es casi una abstracción de la fascinación que también nos mantiene frente a la película. Queremos comprender el tiempo, la memoria y aquello que nuestra propia experiencia no puede alcanzar; queremos saber si es posible mirar hacia atrás y encontrar una prueba definitiva de lo que ocurrió. Así, la protagonista no solo investiga el cronovisor, sino que representa esa necesidad de seguir buscando que la película provoca en nosotros.
Auen y Walker toman un gran riesgo al decidir no depender de los diálogos, sino construir este relato casi periodístico a partir de la dosificación de información, la banda sonora y el aspecto estético de lo que filman. La tensión se sostiene incluso cuando la experiencia se vuelve incómoda, cuando comenzamos a encontrar más evidencias y la sensación de amenaza se instala sin necesidad de recurrir a grandes sobresaltos. La película mantiene un ritmo tranquilo, controlado, muy cercano a la personalidad de Béatrice. No parece interesada en manipularnos mediante una urgencia constante; prefiere que permanezcamos atentos, observando y leyendo.
Sin embargo, la experiencia también nos pide algunas concesiones. Béatrice encuentra las piezas que necesita con una facilidad que hace que la investigación se sienta demasiado guiada. Nunca parece tomar un camino equivocado: los documentos aparecen a su alcance y en el orden cronológico necesario para que el rompecabezas avance. La dosificación de información funciona y mantiene el interés, aunque también deja la sensación de que todo está demasiado dispuesto para ella. Aun así, el recurso de la lectura podría volverse agotador en una película más larga, y quizá esa facilidad permite que el relato conserve su duración y su ritmo. El único momento en que la contemplación parece acelerarse es cuando debemos leer demasiado rápido para no perder alguna pista.
Béatrice se mantiene apacible durante casi toda la experiencia, como si supiera que su papel es el de una espectadora dentro de una historia ya escrita. Se limita a tomar acción cuando es necesario, cuando el archivo ya no es suficiente y alguien tiene que decir aquello que no quedó registrado. Esa pasividad puede resultar extraña en una investigación que amenaza con poner en riesgo su carrera, pero también parece formar parte del juego: la protagonista se mueve entre los documentos como nosotros nos movemos frente a la pantalla, esperando que la siguiente pieza revele algo que hasta ahora permanecía oculto.
El final es inquietante, extraño e incómodo, pero también, de cierta forma, reconfortante. La película cumple con la promesa de encontrar algo prohibido e inigualable, algo que justifica la obsesión que nos ha acompañado desde el principio. Y es ahí donde el misterio adquiere una dimensión que va más allá de la existencia del cronovisor. La posibilidad de registrar el pasado podría alterar el orden mundial y poner en riesgo el poder de aquellas organizaciones que han construido su autoridad sobre el control de la información.
Chronovisor encuentra en sus recursos el terreno perfecto para proponer una experiencia peculiar. Es una película de intriga que sale un poco de la norma, un experimento que bien pudo haber sido diseñado por esos eruditos del tiempo que intenta descubrir. Su apuesta formal exige una atención constante y nos convierte en participantes de una investigación que, por momentos, parece tener todas las respuestas al alcance de la mano. Pero también nos recuerda que la fascinación por los viajes en el tiempo no se limita a la posibilidad de visitar otra época: quizá lo que realmente nos atrae es la promesa de comprender aquello que somos, de encontrar una explicación para nuestra existencia y de descubrir si el pasado puede revelarnos algo que todavía no sabemos de nosotros mismos. En ese sentido, la película resulta fascinante no tanto por ofrecernos una respuesta, sino por hacernos sentir el peligro de encontrarla.