Entre el absurdo, la fantasía y el espíritu de Fellini, Emiliano Rocha Minter convierte la búsqueda de financiación de un cineasta en una travesía psicodélica sobre la creación artística y las posibilidades del cine.
Hay películas que parecen existir bajo sus propias reglas, como si hubieran encontrado una puerta secreta hacia un mundo donde la lógica cotidiana deja de tener importancia. La peluca, de Emiliano Rocha Minter, pertenece a esa clase de experiencias. Lo que comienza como el intento de un cineasta por conseguir financiación para su próxima película termina convirtiéndose en una travesía psicodélica por los rincones más insospechados de la imaginación.
Silvestre Gabino (Lázaro Gabino Rodríguez) tiene un proyecto entre manos: llevar la vida de Benito Juárez a la pantalla. Su búsqueda de un productor lo conduce hasta Ricky (Luis Gerardo Méndez), un millonario que lo recibe en una mansión donde el lujo convive con una extravagancia difícil de describir. Entre encuentros inesperados, conversaciones delirantes y personajes que parecen escapados de otra dimensión, Silvestre comienza a descubrir que aquella visita tiene muy poco que ver con una reunión de negocios. El regalo de Carmela (María Evoli), una antigua novia, termina de abrir las puertas a una experiencia en la que todo parece susceptible de convertirse en cine.
Rocha Minter encuentra en el absurdo un lenguaje propio. Su película avanza como una sucesión de imágenes que se conectan mediante asociaciones inesperadas, donde un camionero que asegura tener el guion de una comedia, un millonario de inclinaciones extravagantes y un hombre que se proclama «esclavo del arte» pueden compartir el mismo escenario sin necesidad de explicación. En este universo, interpretado por un elenco que disfruta de su libertad expresiva, la extravagancia se convierte en una forma de representación y cada personaje parece aportar algo a una función que nunca termina de revelar sus intenciones.

La película construye un universo donde la fantasía y la realidad se confunden hasta volverse indistinguibles. Su propuesta visual recupera el espíritu del cine de los años setenta a través de colores intensos, composiciones cuidadosamente elaboradas y una puesta en escena que convierte la mansión en un escenario para el exceso. Cada espacio, personaje y situación parece formar parte de un espectáculo en constante transformación, donde el absurdo convive con la imaginación y la libertad creativa.
Pero quizá lo más interesante de La peluca sea su manera de jugar con la idea de creación. Silvestre llega convencido de que necesita dinero para hacer una película y termina descubriendo que el proceso creativo puede ser mucho más impredecible de lo que imaginaba. La peluca del siglo XIX funciona entonces como una especie de pasaporte hacia otras posibilidades, una invitación a desprenderse de la identidad conocida y explorar aquello que permanece oculto detrás de las convenciones. El cine aparece aquí como un territorio de transformación, donde incluso las ideas más absurdas pueden encontrar su lugar.

Con una duración de apenas 65 minutos, Emiliano Rocha Minter propone un viaje que se disfruta mejor cuando uno acepta abandonar cualquier expectativa de normalidad. La peluca es una película juguetona, provocadora y visualmente estimulante, que encuentra en el humor y la imaginación sus principales herramientas de expresión. Una de esas rarezas cinematográficas que recuerdan que hacer cine también puede significar entregarse al delirio, romper las reglas y descubrir qué sucede cuando la imaginación toma el control.