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Bad Apples: La obsesión por la perfección y la exclusión de quienes no encajan

Bad Apples: La obsesión por la perfección y la exclusión de quienes no encajan

Felipe Curiel

·

noviembre 4, 2026

Un incidente durante una visita escolar conduce a una espiral de situaciones fuera de control en Bad Apples, película dirigida por Jonatan Etzler y basada en la novela The Unwanted, de Rasmus Lindgren. Miss Spencer ve desafiada su vocación como maestra cuando Danny, uno de sus alumnos con severos problemas de conducta, comienza a mostrar comportamientos cada vez más violentos. Ante la apatía del sistema escolar, Miss Spencer toma una mala decisión con la intención de rescatar su visión utópica de la enseñanza. Lo que comienza como un error pronto se convierte en una red de consecuencias que parecen imposibles de solucionar.

La película combina thriller y comedia negra en un ambiente vibrante de colores primarios y escenarios idílicos, reflejo de las expectativas de perfección que Miss Spencer (interpretada por Saoirse Ronan) ha construido alrededor de su vocación. Sin embargo, el vestuario introduce una pequeña contradicción dentro de esta fantasía: mientras el entorno se llena de colores vivos y formas geométricas, Miss Spencer aparece vestida con tonos pastel y cálidos que la hacen parecer ajena a ese universo, como si no terminara de pertenecer a la utopía que tanto se esfuerza por construir. Esta distancia visual anticipa el aislamiento que irá experimentando a medida que las exigencias de los padres y de los directivos comienzan a pesar sobre ella. Sus capacidades como profesora quedan opacadas por la difícil tarea de lidiar con Danny, cuyos problemas de ira nadie parece dispuesto a atender. 

Así surge el conflicto inicial de la película, que aprovecha para poner sobre la mesa los alcances de la labor docente y la sobrecarga que puede generar en quienes la ejercen. Porque el trabajo de los maestros muchas veces rebasa los límites del salón de clases y consume espacios de su vida personal, una responsabilidad que, en este caso, termina llevada al extremo.

Llega entonces la mala decisión. Miss Spencer actúa impulsivamente, convencida de que sus intenciones justifican sus acciones, pero Danny la enfrenta y amenaza con denunciarla hasta arruinar su carrera. Ella no está dispuesta a permitirlo y comienza así una escalada de problemas. Las clases se convierten en ecos de pesadilla, la paranoia se apodera de ella y, en cuestión de segundos, todo a su alrededor parece cambiar drásticamente. Sin embargo, cuando se detiene a contemplarlo, el panorama no es necesariamente malo. Con Danny fuera de escena, las mejoras en el salón de clases llegan, una nueva rutina se establece y nadie parece sospechar que algo malo está sucediendo. Tal vez pueda salirse con la suya.

Es aquí donde la película comienza a jugar con una de sus ideas más incómodas. La tesis que sostiene la nueva utopía de Miss Spencer es que los alumnos problemáticos distraen a los profesores de su verdadera labor: educar al resto del grupo, descubrir sus potenciales y conseguir que cada estudiante alcance su mejor versión. Y, por un momento, la película consigue convencernos. Cuando vemos que el salón comienza a funcionar a la perfección, que los resultados mejoran y que Miss Spencer finalmente puede ejercer su profesión como siempre había querido, resulta difícil no experimentar cierta tranquilidad. Incluso aparece una alegría inesperada ante la idea de que, quizá, el mundo sería un lugar mejor sin niños problema. La sátira funciona precisamente porque nos permite reconocer lo seductora que puede resultar una solución tan sencilla, aunque sepamos que algo profundamente equivocado se esconde detrás de ella.

Comienza entonces un juego de apariencias: el thriller se desencadena y la película dibuja el contraste entre esta nueva utopía y una música peculiar que nos recuerda que algo retorcido sigue ocurriendo ante nuestros ojos. No hay espacio para acomodarse en una solución tan simplista como aparentemente perfecta. 

Y cuando aparece Pauline, una alumna devota de Miss Spencer y empeñada en convertirse en la estudiante perfecta, la película introduce una nueva vuelta de tuerca. Pauline representa el reverso de Danny: no es la alumna que interrumpe el orden, sino aquella que parece encarnar todo lo que una institución escolar podría desear. Sin embargo, su devoción por la profesora termina convirtiéndose en una obsesión que la lleva a chantajearla cuando descubre lo que ha sucedido con su compañero de clase. El contraste entre ambos personajes es uno de los grandes pilares de la película, porque destruye por completo la idea de que los estudiantes problemáticos son el único obstáculo para construir un entorno educativo ideal. También quienes parecen cumplir con todas las expectativas pueden convertirse en una amenaza, y quizá el problema nunca estuvo exclusivamente en el comportamiento de los alumnos, sino en las estructuras y relaciones de poder que determinan cómo deben comportarse.

Desde el guion, Jess O’Kane inserta diálogos filosos y agudos en boca de los estudiantes, que funcionan como estocadas contra la tranquilidad que Miss Spencer intenta mantener. Así se conserva vivo el suspenso y la amenaza constante de que termine siendo descubierta. A pesar de sus esfuerzos por convencerse de que actúa por buenas razones, a Miss Spencer nunca se le permite alcanzar una paz absoluta. Se aferra a su propio engaño hasta que llega otro giro de la historia. Justo cuando cree haberse salido con la suya, un pequeño descuido deja la puerta abierta para que una tercera persona se involucre en el caso, complicando todo y llevando la situación a un nuevo nivel de desquicio. La película consigue así mantener los dilemas morales en pantalla, sin permitir que la audiencia encuentre una respuesta cómoda o definitiva.

El diseño de producción, deliberadamente artificial, nos invita a entrar en este juego de exageraciones sin caer en el exceso. Porque además del juego propone la reflexión.

Desde esa aparente perfección visual, Bad Apples construye un relato mordaz y ácido sobre una lógica de exclusión que recuerda a los proyectos autoritarios y su ideal de homogeneidad y perfección: construir una comunidad ejemplar identificando y separando a quienes se consideran indeseables. Así, la diferencia se convierte en una amenaza, y la segregación comienza a presentarse como una medida necesaria para proteger el bienestar colectivo. Lo inquietante es descubrir con qué facilidad una idea semejante puede encontrar justificación cuando se disfraza de buenas intenciones, cuando la solución aceptada es apartar la manzana podrida del resto de la canasta. La aparente superioridad moral de quienes defienden el orden termina revelándose como otra forma de violencia.

En la recta final, el control sobre la vida de Miss Spencer va pasando de unas manos a otras, hasta convertirla en una mera marioneta de intereses ajenos y, paradójicamente, en rehén de sus propias decisiones. La historia avanza hacia un desenlace cínico que no ofrece una reparación sencilla ni una victoria moral reconfortante. Sin embargo, encuentra una forma de liberar a sus personajes y, con ello, de despertar cierta empatía. La oposición entre Pauline y Danny termina adquiriendo un sentido distinto al que parecía tener al principio: mientras la historia de Pauline se hunde en la obsesión por conservar las apariencias, la de Danny encuentra una posibilidad de liberación precisamente donde menos se esperaba.

Bad Apples construye así una sátira que no solo cuestiona la obsesión por la perfección, sino también la facilidad con la que se acepta sacrificar a quienes no encajan en ella. Y lo hace con una ironía particularmente incómoda: después de habernos permitido disfrutar, aunque fuera brevemente, de la fantasía de un salón de clases sin alumnos problemáticos, nos obliga a reconocer todo lo que estábamos dispuestos a dejar fuera para conseguirlo. Quizá el verdadero problema nunca fueron las manzanas podridas, sino la necesidad de encontrar siempre a alguien a quien culpar por una cosecha que lleva mucho tiempo echándose a perder.

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