House of the Wind, de Auguste Bernard Kouemo Yanghu, tendrá su estreno mundial en la sección Orizzonti del Festival de Cine de Venecia. Es una ópera prima que se siente imponente en su exploración de la soledad, siguiendo a Josette, una mujer de 80 años que vive sola en Camerún. Todos sus hijos viven fuera del país y ella mantiene videollamadas frecuentes con ellos. Intenta convencerlos de que construyan sus casas en Camerún, como una manera de hacerlos regresar, pero ellos no lo harán y ella seguirá sola.
Todo cambia cuando Sarah entra en su vida. Lo que inicialmente es una relación transaccional, ya que Sarah ayuda a Josette con cuestiones del banco, poco a poco se convierte en una amistad. Sarah termina pidiéndole un favor: que pretenda ser su madre cuando su prometido, un hombre blanco francés, llegue próximamente a Camerún. Pero Sarah comienza a revelar su pasado. Estuvo casada con un hombre que la violentaba, algo que complica su segundo matrimonio y que ha decidido esconder de su prometido. Josette la observa, la deja quedarse en su casa y, poco a poco, ambas generan un vínculo sencillo pero profundo.
Josette comienza a verla como una hija, incluso haciendo comentarios sobre su relación y preguntándole si existe algún plan para quedarse en Camerún. Ahí es donde la película encuentra una conexión particularmente interesante entre ambas mujeres: Josette intenta con Sarah lo mismo que ha intentado con sus propios hijos. Quiere que se quede, que construya una vida en Camerún, que no tenga que irse para encontrar un futuro.
Lo mejor de la película viene con Josette Kwanya, que interpreta a la protagonista con una actuación contenida y muy precisa. Nunca necesita ser exagerada. Gran parte de su interpretación está en observar: se percibe cierto resentimiento, pero también el intento de entender por qué alguien dejaría Camerún, por qué alguien dejaría atrás a sus seres queridos. Josette vive rodeada de recuerdos y de espacios construidos para una familia que ya no está ahí.

Incluso se mete en problemas financieros al no poder sostener la construcción de una casa que espera que algún día sea habitada por sus hijos. Ellos no pueden mandarle dinero y, aunque le han ofrecido la posibilidad de irse a vivir con ellos al extranjero, ella pertenece a ese lugar. La casa donde vive es lo suficientemente grande para recibirlos, pero permanece sola. Por eso Sarah entra tan bien en su vida: ocupa, aunque sea temporalmente, el hueco que dejaron sus hijos.
Hay una dimensión profundamente personal en esta historia. El director, originalmente de Camerún, lleva 20 años viviendo en Francia y explica que la película está inspirada directamente en su propia madre. Como Josette, ella tiene seis hijos, y como él y sus hermanos, todos terminaron viviendo fuera del país, principalmente en Europa. Después de que sus hijos se establecieron en el extranjero, su madre se quedó sola en la casa familiar en Yaundé, recorriéndola como una especie de guardiana de los archivos de una familia que ya no está presente. La idea de que algún día sus hijos regresarán a sus habitaciones y ocuparán nuevamente sus espacios se convierte así en el corazón emocional de la película.
Eso hace que House of the Wind sea algo más que una película sobre una mujer mayor que vive sola. Es también una reflexión sobre la diáspora, sobre lo que significa abandonar un país para construir una vida en otro y sobre las personas que se quedan atrás. Los hijos de Josette no se van porque dejen de quererla. Se van porque buscan una vida diferente. Y aun así, para ella, su ausencia sigue siendo una ausencia.
La película observa mucho, pero también tiene una enorme empatía por sus personajes. Nunca convierte la decisión de los hijos de marcharse en una traición, ni la resistencia de Josette a irse en una postura idealizada. Simplemente entiende que ambos lados tienen sus razones. Ella pertenece a Camerún y sigue intentando construir un futuro ahí, incluso a través de los demás, fomentando que la gente no se vaya, que se quede y construya algo en su propio país.
House of the Wind es uno de los mejores debuts del año. Es una película hermosa, paciente y profundamente humana, que encuentra en la soledad de Josette una manera de hablar sobre algo mucho más grande: la distancia que se crea cuando una familia deja de compartir el mismo lugar. Y lo hace sin grandes discursos, confiando en sus personajes, en sus silencios y, sobre todo, en la mirada de Josette.

