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Hiedra: aferrarse a la vida cuando todo parece romperse – Festival Internacional de Cine de Morelia 2025

Entre el deseo, la culpa y la necesidad de escapar, Azucena y Julio encuentran una conexión tan improbable como intensa. Hiedra convierte sus heridas y carencias en un retrato íntimo sobre el deseo de encontrar algo a lo que aferrarse.

Tan incómoda como humana, Hiedra, de Ana Cristina Barragán, estrenada en México durante la edición 23 del Festival Internacional de Cine de Morelia, se presenta ante la audiencia como una película atrevida y profundamente vulnerable. Una obra que incomoda, que se siente a flor de piel, que invita a mirar incluso cuando lo que se muestra resulta difícil de comprender o procesar.

Azucena observa desde lejos a un grupo de jóvenes —casi hermanos— con una curiosidad que roza el deseo. Entre ellos está Julio, cuya presencia ejerce una fuerza magnética sobre ella. Poco a poco, Azucena da el paso para mezclarse con el grupo, acercarse a él, jugar, vivir dentro y fuera de sus dinámicas, explorando una cercanía que se percibe tan peligrosa como inevitable. En esa relación improbable, casi indescifrable, los dos comienzan a reconocerse mutuamente en sus carencias y heridas. Julio carga el peso de las expectativas de la vida adulta; Azucena intenta llenar un vacío que amenaza con hacer erupción desde dentro. Y en medio de esa tensión, de ese pulso entre deseo y redención, ambos sellan un pacto silencioso: escapar de todo lo que los hiere y comenzar de cero.

Barragán construye su historia desde la delicadeza y la tensión, creando un territorio emocional nuevo, lleno de gestos y miradas que se alargan más allá del diálogo. Lo hace con una cámara paciente que no invade, que a veces parece tropezar con los cuerpos y otras veces congelar el tiempo entre ellos, dejándonos respirar junto a sus personajes. En esos respiros habita la verdad del filme: un retrato del deseo, la culpa y la búsqueda de consuelo que se despliega sin juicios ni certezas.

La película —concebida en improvisaciones entre la directora y la productora, Karla Souza— recorre los paisajes urbanos de Ecuador, enmarcando sus imágenes en un territorio que parece contener su propio espíritu. Cada rincón, cada esquina o edificio, contribuye a una atmósfera de misterio constante, una bomba de tiempo emocional que palpita bajo la superficie.

Lo que empieza como una historia íntima entre dos personas termina por transformarse en una epopeya emocional, un viaje por la fragilidad humana y los límites del amor, sostenido por imágenes poderosas y desafiantes. Su tono críptico —y su elusiva a ofrecer respuestas claras— la convierten en una obra que incomoda por su honestidad y que conmueve por su ternura.

En 2025, Hiedra fue galardonada con el Premio al Mejor Guion en la sección Orizzonti del 82.º Festival Internacional de Cine de Venecia, reconocimiento que reconoce la fuerza narrativa de Barragán y su mirada única dentro del cine latinoamericano contemporáneo.

En el cierre, la película alcanza un clímax poético y provocador. No busca redimir ni condenar a sus protagonistas: los acompaña mientras intentan enraizarse, como la planta que da nombre al título, extendiendo sus ramas hacia cualquier superficie que les permita sostenerse. Esa es la mayor fuerza de Hiedra: su capacidad para mostrar que sobrevivir no siempre significa avanzar, sino aferrarse —aunque duela— a lo poco que aún nos conecta con la vida.

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