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Rewind Barcelona: las amistades que sobreviven al tiempo – Cannes 2026

Cuatro amigos de Bordeaux viajan a Barcelona en su último verano antes de la adultez. Entre skate, recuerdos perdidos y una reconstrucción de la memoria diez años después, Rewind Barcelona captura la fragilidad de la amistad y la nostalgia de un tiempo que solo cobra sentido al mirarlo atrás.

En el verano en el que cumplen 18 años, cuatro jóvenes de Bordeaux viajan a la Meca del skateboard, Barcelona, en un viaje inocente, con poco presupuesto y realmente no muchas expectativas. La película funciona como una experiencia profundamente nostálgica que evoca esos días en los que la vida giraba únicamente en torno a los amigos, en este caso entre el MACBA y las calles de Barcelona.

La película parte de esa premisa y no mucho más, pero lo interesante es cómo Paul Nohet, en su primer largometraje como director y escritor, la articula desde un dispositivo que nos sitúa diez años después del viaje, con los amigos reunidos en París, intentando reconstruir lo ocurrido a partir de recuerdos fragmentados, ya que durante el viaje perdieron, o les robaron, la cámara y las cintas donde habían registrado todo.

En los días que pasan en Barcelona conocen a distintas personas: skaters, ex flings y encuentros fugaces. Uno de ellos atraviesa incluso una búsqueda desesperada por tener sexo, sin conseguir un lugar para hacerlo. Sin embargo, nada de esto logra imponerse sobre lo esencial del relato: la relación entre ellos.

La amistad sobresale en momentos simples, como cuando uno de ellos llega a la plaza donde una chica que había conocido ese mismo día lo espera. Él quiere quedarse, pero su amigo no está de ganas, y termina decidiendo irse con él a casa.

Eso es lo que hace especial a Rewind Barcelona: una mirada tierna y contenida a un viaje pequeño en apariencia, pero decisivo en su huella emocional. Las memorias se reconstruyen diez años después; los personajes han cambiado, pero el vínculo permanece, sostenido por una conexión que el tiempo no logra diluir.

También, el director construye una mirada muy observadora. En diálogo con las grabaciones perdidas, la cámara nunca se siente invasiva; por el contrario, acompaña con naturalidad a estos personajes, como si formara parte de ese recuerdo que intenta recomponerse.

Después de recontar sus historias y de llegar a una versión final de lo ocurrido, queda la sensación de haber presenciado un viaje íntimo que, con el tiempo, podría reaparecer en manos de alguien más. Y así termina la película: con un hombre mayor encontrando esas cintas, devolviéndonos la experiencia como espectadores y convirtiéndonos en testigos de ese recuerdo.

Momentos que en su instante no revelan su peso, pero que permanecen. Instantes donde las amistades dejan de ser circunstanciales para convertirse en lazos que el tiempo no rompe, solo transforma.

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