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A Long Winter: cuando el deshielo emocional nunca llega – TIFF 2026

Andrew Haigh construye una película visualmente poderosa sobre la depresión, el duelo, el deseo y una masculinidad incapaz de expresar lo que siente. El problema es que su guion plantea conflictos que nunca termina de desarrollar y deja a sus personajes, al igual que su paisaje, atrapados sobre la …

A Long Winter es una película de una belleza difícil de ignorar, pero también de una frustración difícil de disimular. Andrew Haigh, acompañado por la fotografía de André Turpin, construye un paisaje suspendido en el tiempo: montañas interminables, nieve, madera, frío y una casa que deja de ser hogar para convertirse en una extensión del aislamiento de sus personajes. El problema es que, mientras la película encuentra con facilidad cómo mirar ese mundo, nunca termina de decidir qué hacer con él.

Ambientada en las montañas de Canadá a comienzos de los años cincuenta, la historia sigue a Mikey, un joven que vive con sus padres, Louise y Lester, y su hermano Tommy. Tommy está a punto de enlistarse en el ejército; Mikey, en cambio, parece conforme con una vida definida por la rutina: alimentar animales, cortar leña, repetir, no preguntarse demasiado. La partida de su hermano fractura el equilibrio familiar. Mikey descubre que su madre utiliza el alcohol para sobrellevar una vida que dejó de hacerla feliz y, al mismo tiempo, empieza a reconocer un deseo hacia otros hombres que hasta entonces no sabía interpretar.

Louise bebe para escapar de su realidad. Mikey se aferra a ella para no tener que enfrentar la suya.

Cuando Lester interviene en el alcoholismo de Louise, lo hace desde una lógica que resume buena parte de la película: controlar aquello que no entiende. No es un monstruo doméstico, sino un hombre que cree que proveer, trabajar y mantener a la familia unida son pruebas suficientes de amor. Su incapacidad para reconocer la fragilidad de quienes lo rodean se convierte en una forma de violencia silenciosa. Louise escapa poco antes de una tormenta de nieve y desaparece.

A partir de ahí, A Long Winter encuentra su conflicto más interesante: Mikey y Lester quedan solos mientras el invierno los obliga a permanecer juntos, enfrentando la ausencia de Louise y todo aquello que nunca pudieron decirse. Es un punto de partida con enorme potencial para explorar la masculinidad, la depresión, el duelo y la dificultad de los hombres para procesar sus emociones. Sin embargo, también es donde aparece con mayor claridad el principal problema de la película: el guion estira una historia que no tiene suficiente material para sostener su duración.

Haigh plantea numerosos conflictos, pero rara vez profundiza en ellos. La depresión de Mikey se sugiere mediante su comportamiento y su apego a la rutina; la de Louise se expresa a través del alcohol y su deseo de escapar; la crisis de Lester aparece en su frustración, rigidez y necesidad de control. La película señala estas heridas, pero pocas veces se detiene a examinarlas.

Lo mismo ocurre con la sexualidad de Mikey. Sus miradas, su curiosidad y su relación con Jimmy abren la puerta a un coming-of-age queer potencialmente fascinante en un contexto aislado y conservador. Pero A Long Winter nunca termina de atravesarla. El deseo está ahí, suspendido, como muchas de las posibilidades narrativas que la película plantea.

Louise podría haber sido el centro emocional de la historia, pero desaparece antes de que podamos comprenderla del todo. Lester podría convertirse en una exploración más profunda de la masculinidad y el fracaso, pero sus contradicciones apenas son rozadas. Mikey, quizá el personaje con mayor potencial, pasa buena parte de la película observando el mundo en lugar de transformarlo. Incluso Jimmy, cuya llegada podría alterar por completo la dinámica entre padre e hijo, termina funcionando más como una posibilidad que como un personaje plenamente desarrollado.

La atmósfera termina siendo más profunda que la historia.

La fotografía de André Turpin es extraordinaria porque hace visible el aislamiento. Las montañas son imponentes, pero también infinitas; la nieve es hermosa, pero funciona como barrera. La casa, cuidadosamente construida y fotografiada, se siente cálida desde lejos y claustrofóbica cuando permanecemos demasiado tiempo dentro. Haigh demuestra nuevamente su capacidad para construir silencios, miradas y pequeños gestos capaces de cargar con una enorme cantidad de emoción.

Pero esos silencios necesitan algo detrás. En A Long Winter, demasiadas veces ocupan el espacio que debería ocupar el desarrollo narrativo.

Esto resulta especialmente frustrante porque la película tiene ideas interesantes sobre la masculinidad. No parte del hombre violento y autoritario, sino de algo mucho más cotidiano: hombres que aprendieron que sobrevivir significa no hablar, no pedir ayuda y continuar trabajando incluso cuando ya no saben para qué. Lester no sabe cuidar emocionalmente a su familia porque probablemente nadie le enseñó a hacerlo. Mikey, mientras tanto, comienza a descubrir que repetir esa misma vida podría significar perderse a sí mismo.

Es una idea potente, pero A Long Winter parece tener miedo de llevarla hasta sus últimas consecuencias.

Por momentos, la película parece construirse alrededor de personajes que están a punto de cambiar. El problema es que ese cambio nunca termina de producirse con la fuerza necesaria. Y quizá ahí esté su mayor contradicción: una película sobre el deshielo emocional que permanece congelada durante demasiado tiempo.

Haigh sigue demostrando ser un director excepcional para observar la intimidad, el deseo y la soledad. Hay precisión en su dirección y sensibilidad en la manera en que encuadra a sus personajes dentro de esos paisajes. Fred Hechinger sostiene buena parte de la película con una interpretación contenida y vulnerable, mientras Ebon Moss-Bachrach convierte a Lester en un hombre mucho más complejo que el simple patriarca rígido.

Pero la película no siempre está a la altura de sus intérpretes ni de las imágenes que construye.

A Long Winter tiene mucho que decir sobre la depresión, el duelo, el deseo y las ideas heredadas sobre lo que significa ser un hombre, pero rara vez se atreve a profundizar en ellas. Sus personajes cargan con heridas interesantes, aunque el guion pocas veces se queda el tiempo suficiente para examinarlas.

Y es precisamente ahí donde la comparación con su paisaje resulta inevitable: todo en A Long Winter parece profundo, pero cuando llega el momento de mirar debajo de la nieve, la película encuentra muy poco.

Una obra visualmente poderosa, dirigida con enorme sensibilidad, pero sostenida por una historia demasiado delgada para todo aquello que pretende explorar.

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