Regresar a casa nunca significa únicamente volver a un lugar. También implica reencontrarse con las versiones de nosotros mismos que creíamos haber dejado atrás. En Siempre soy tu animal materno, Elsa vuelve a Costa Rica para resolver trámites que le permitan continuar su vida en Europa, pero el viaje pronto se transforma en una confrontación con una familia fracturada, incapaz de comunicarse sin arrastrar años de frustraciones acumuladas.
Estrenada en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes 2026, la nueva película de Valentina Maurel construye un retrato familiar sofocante y profundamente incómodo que cuestiona las ideas tradicionales sobre la maternidad, la paternidad y las obligaciones afectivas. A medida que la historia avanza, los lazos familiares dejan de aparecer como espacios de refugio para convertirse en estructuras rígidas donde cada integrante parece atrapado dentro de un papel que nunca eligió completamente.
Elsa ocupa el lugar de quien intenta mantener el control. Organiza, corrige, interviene y trata de dirigir las vidas de quienes la rodean con la esperanza de evitar el derrumbe. Existe una necesidad casi desesperada de imponer orden sobre un entorno que parece condenado al caos. Sin embargo, la película encuentra su mayor inteligencia en negarse a simplificarla. Lejos de convertirla en una figura autoritaria o moralizante, Maurel va desmontando lentamente sus certezas hasta revelar a una mujer agotada por el peso de expectativas que ya no puede sostener.

Frente a ella aparece Amalia, posiblemente el personaje más fascinante de la película. Encerrada en la vieja casa familiar, rodeada de presencias, rituales y fantasmas que parecen formar parte de su realidad cotidiana, representa una resistencia silenciosa frente a un mundo que constantemente le exige cambiar. La película nunca intenta explicar completamente aquello que la persigue. Los espíritus y apariciones conviven con absoluta naturalidad junto a los conflictos familiares, generando una atmósfera donde lo sobrenatural funciona menos como una amenaza y más como una extensión emocional del abandono y la soledad.
Maurel encuentra una forma particularmente inquietante de filmar a sus personajes. Los constantes acercamientos y superzooms invaden los espacios privados, obligando a observar demasiado de cerca emociones que preferirían permanecer ocultas. La cámara parece incapaz de dejar respirar a sus protagonistas, reforzando una sensación de encierro emocional que atraviesa toda la película. Mientras tanto, el mundo exterior continúa avanzando con indiferencia. La ciudad sigue funcionando, el tráfico sigue moviéndose y otras vidas continúan desarrollándose al margen de este pequeño desastre familiar.
Las actuaciones sostienen con enorme precisión esa tensión constante. Ningún personaje es completamente inocente ni completamente culpable. Todos cargan heridas propias y todos terminan reproduciendo formas distintas de violencia emocional. La película se atreve a explorar zonas particularmente incómodas: el resentimiento hacia la maternidad, el agotamiento del cuidado constante, el deseo de escapar de las responsabilidades afectivas y el miedo a convertirse en aquello que heredamos de nuestros padres.
El título resuena como una sentencia imposible de ignorar. “Siempre soy tu animal materno” habla de vínculos que sobreviven incluso cuando se vuelven dolorosos. Habla de identidades construidas alrededor del cuidado y del sacrificio. Habla de la dificultad de abandonar los roles familiares cuando toda una vida ha sido moldeada por ellos.

En el centro de esa tormenta permanecen Elsa y Amalia, dos hermanas que intentan escapar de formas distintas. Una busca derribar los puentes que construyó para alejarse de su pasado. La otra se aferra a las ruinas de un hogar que parece consumirse lentamente junto con ella. Entre ambas se abre un vacío imposible de cruzar, un espacio donde conviven el amor, el resentimiento y la imposibilidad de comprender completamente a quienes más cerca tenemos.
Valentina Maurel convierte ese conflicto en una experiencia tan incómoda como profundamente humana. Una película que observa cómo las familias pueden convertirse simultáneamente en refugio y prisión, y cómo algunas heridas continúan habitando una casa mucho después de que todos intentaron abandonarla.



