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We Are Aliens: Todos somos extraños en el mundo de alguien – Annecy 2026

Una amistad infantil marcada por la soledad y el acoso escolar se convierte en una reflexión devastadora sobre la empatía, la memoria y las consecuencias silenciosas de aquello que creemos insignificante.

Tsubasa y Gyotaro se reconocen primero desde sus propios aislamientos. Aunque son distintos en personalidad, el ambiente escolar parece mantenerlos en burbujas separadas, orbitando alrededor de un salón que no termina de entenderlos del todo. Hasta que un día cruzan miradas y comienza una amistad espontánea, extraña, de esas que en la infancia pueden surgir sin demasiada explicación. Tsubasa se ve envuelto por la energía de Gyotaro y empieza a convivir con él, incluso cuando su timidez y tranquilidad hacen que sus límites estén a punto de ser cruzados. Al principio, nada de eso parece importar demasiado. Pesa más la compañía. Pesa más encontrar a alguien que, aunque venga de otro planeta emocional, también entiende algo de la soledad.

Pero basta un incidente pequeño para cambiarlo todo. Un paraguas que se rompe. Un gesto que podría perderse entre muchos otros recuerdos de la escuela, pero que en la vida de estos dos niños se convierte en una grieta imposible de cerrar. A partir de ahí, sus caminos se separan y aquello que parecía una anécdota menor empieza a cargar consecuencias mucho más duras de lo que cualquiera habría podido imaginar. Años después, ese momento seguirá marcando a los personajes de forma silenciosa, pavimentando un camino hacia un desenlace que no parece tener buen augurio.

We Are Aliens, película dirigida por Kohei Kadowaki y presentada en la Quinzaine des Cinéastes del Festival de Cannes 2026, parece prometer en un principio una historia entrañable sobre la amistad, la memoria y la madurez. Hay algo reconocible en ese arranque: la infancia como un territorio lleno de pequeños descubrimientos, los lazos que parecen capaces de resistirlo todo, la idea de que tal vez el paso del tiempo permita mirar el pasado con más comprensión. Y durante su primera mitad, desde la perspectiva de Tsubasa, esa parece ser la ruta.

Pero algo cambia cuando la película decide volver sobre sus propios pasos. Un recuerdo une las memorias de ambos protagonistas y la historia se revisita desde los ojos de Gyotaro. Entonces lo que parecía encaminado hacia una narración sobre aceptación y perdón empieza a convertirse en algo mucho más oscuro: un testimonio de las secuelas del acoso escolar, de la crueldad de los estereotipos y del impacto que pueden tener nuestras acciones cuando no alcanzamos a medir el daño que dejan en otra persona.

Kadowaki apuesta por un estilo clásico del anime, combinado con otras técnicas de ilustración que permiten que la imagen se transforme junto con la emoción. En la primera parte, la imagen acompaña la sencillez de la mirada juvenil: los días de escuela, los juegos, los detalles que construyen la rutina, esas pequeñas cosas que parecen no tener peso hasta que el tiempo demuestra lo contrario. Un charco de agua, un mosquito, un paraguas. Objetos mínimos que, colocados en el lugar incorrecto de la memoria, pueden cambiar una vida entera.

El viaje emocional de Gyotaro termina siendo la columna vertebral del relato. Cuando se despeja la mirada limitada de Tsubasa y por fin se entiende lo que había detrás de la personalidad de su antiguo amigo, la película revela una soledad mucho más profunda. No se trata solo de un niño señalado como extraño, sino de alguien que fue empujado a sentirse ajeno dentro de su propio mundo. Mirar al otro como raro, como amenaza, como alien, puede parecer un gesto pequeño desde afuera, pero aquí se convierte en una forma de aislamiento capaz de envenenar lentamente la mente y el corazón.

La película también recuerda los buenos tiempos. Ese es parte de su dolor. Permite ver la risa, la complicidad, el anhelo de aquellos días en que ambos fueron felices, y por eso pesa más saber que esa cercanía terminó convertida en una herida. El daño duele distinto cuando viene de alguien que alguna vez fue refugio. Y las secuencias donde Gyotaro se desborda visualmente, donde la animación deja de obedecer del todo a la calma del mundo real, muestran con fuerza cómo el rencor puede crecer hasta volverse una una órbita sin salida.

Tan frustrante como enternecedora, We Are Aliens sostiene el retrato de ambos personajes a lo largo de los años con una tensión que nunca deja de preguntar si todavía queda espacio para mirarse de frente. No siempre busca respuestas cómodas. A veces solo parece interesada en observar cómo una amistad rota puede seguir viviendo dentro de quienes la perdieron.

Y es que, al final, todos somos aliens para alguien. Cada cabeza es un mundo, cada infancia un planeta con sus propias reglas, cada recuerdo una señal enviada desde una distancia que no siempre sabemos cruzar. Sin la iniciativa de explorar otros universos, el miedo, el prejuicio y la intolerancia nos dejan encerrados en nuestra propia órbita. Y ahí, girando alrededor de lo que nunca supimos decir, la gravedad puede volverse tan fuerte que termina creando agujeros negros capaces de succionarlo todo.

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