El verano argentino de 2001 no fue solo una estación, sino un estado de ánimo. El calor sofocante, la violencia latente y la sensación de un derrumbe inminente atravesaban la vida cotidiana. En ese clima asfixiante se sitúa La virgen de la tosquera, el nuevo largometraje de Laura Casabé, una obra que convierte la adolescencia en un territorio de amenaza, deseo y oscuridad, donde el horror no surge de lo extraordinario, sino de lo social, lo emocional y lo íntimo.
La película sigue a Natalia, una adolescente recién egresada de la secundaria que atraviesa el verano entre amigas, horas en el ciber y días sin rumbo. Vive con su abuela Rita, marcada por el abandono de sus padres y por una precariedad que atraviesa cada aspecto de su vida. El relato parece iniciar desde un conflicto afectivo: Natalia está enamorada de Diego, un amigo de la infancia que pronto dirige su interés hacia Silvia, una mujer mayor y experimentada, símbolo de un mundo que todavía le resulta inaccesible. Sin embargo, lo que podría derivar en un drama juvenil convencional pronto se desplaza hacia terrenos mucho más incómodos.
Basada en los cuentos “La virgen de la tosquera” y “El carrito”, incluidos en Los peligros de fumar en la cama de Mariana Enríquez, la película no propone una adaptación literal, sino una relectura profundamente personal. Casabé y el guionista Benjamín Naishtat toman el universo literario de Enríquez como punto de partida para construir una experiencia cinematográfica incómoda, donde el terror se va asentando de manera progresiva.
El horror no se revela de inmediato ante los ojos del espectador. Se instala en lo cotidiano: un carrito de supermercado abandonado que nadie se atreve a tocar, los cortes de luz, la escasez de agua, los ruidos nocturnos, la violencia del entorno. Todo compone un mismo ecosistema de amenaza constante. Cuando Natalia recurre a un conjuro con la ayuda de su abuela para recuperar aquello que siente que le fue arrebatado, no encuentra una solución, sino que despierta una fuerza interior desconocida, inquietante y difícil de controlar.

En su debut actoral, Dolores Oliverio construye una protagonista compleja y profundamente incómoda. Natalia oscila entre la fragilidad y la rabia, entre la víctima y la posible victimaria, encarnando una adolescencia atravesada por el deseo, la humillación, la rivalidad femenina y una violencia que no encuentra salida. Su recorrido no busca empatía absoluta ni redención: el film se permite habitar la contradicción y el rechazo, algo poco frecuente en los relatos juveniles.
El contexto de la crisis de 2001 no funciona como un simple marco temporal, sino como un elemento activo del relato. La desesperanza colectiva, la precariedad económica y la violencia social se reflejan en el cuerpo y en las decisiones de Natalia. Desde lo visual, Casabé construye una atmósfera opresiva a partir de encuadres cerrados, una paleta desaturada y una puesta en escena que refuerza la sensación de encierro.
El horror de La virgen de la tosquera no se limita a lo sobrenatural. Está en el deseo que no se cumple, en la frustración que se acumula, en la violencia del contexto y en todo aquello que se va pudriendo sin ser nombrado. Más que contar una historia de crecimiento, la película funciona al revés: no hay aprendizaje ni alivio, solo una caída hacia lugares cada vez más oscuros. Casabé filma la adolescencia femenina desde la incomodidad, en un país al borde del estallido, donde lo fantástico no es una salida, sino una consecuencia natural de una realidad que ya resulta insoportable.

La virgen de la tosquera deja claro el potencial cinematográfico del universo de Mariana Enríquez y termina de confirmar a Laura Casabé como una de las miradas más personales del horror latinoamericano actual. No es una película que quiera explicar o tranquilizar: apuesta por incomodar, tensar y dejar una sensación de malestar que persiste mucho después de que los créditos terminan.



