Una mosca irrumpe en el departamento de Olga. No es solo un intruso, sino una pequeña grieta en una rutina cuidadosamente contenida: sudokus resueltos en silencio, reglas estrictas, una vida ordenada que evita cualquier sobresalto. Desde el ventanal, el hospital se impone como un recordatorio constante de otras historias que se desarrollan en paralelo, cuerpos en tránsito, despedidas y esperas. Todo parece mantenerse a distancia, hasta que una de esas historias cruza el umbral.
Un hombre renta la habitación adicional de casa de Olga para instalarse con su hijo mientras su esposa permanece hospitalizada. Las reglas son claras: no compartir demasiado, no invadir, no alterar el equilibrio de la casa. Sin embargo, la precariedad de la situación pronto rebasa el acuerdo. El padre se ve obligado a ausentarse, dejando a Cristian un largo periodo en soledad. La inquietud del niño, su necesidad de entender lo que ocurre del otro lado del ventanal, comienza a desbordar los límites impuestos por Olga, obligando a esa convivencia a transformarse en algo más que una coincidencia forzada.
Moscas, dirigida por Fernando Eimbcke e inaugurando la 41 edición del Festival Internacional de Cine en Guadalajara, se construye desde esa fricción mínima. Filmada en blanco y negro, la película parece despojarse de lo accesorio para concentrarse en los gestos, en las acciones, en la manera en que tres personas sostienen su propio peso mientras intentan no derrumbarse. Se va creando una acumulación lenta, casi imperceptible, de pequeñas tensiones.

Eimbcke nos va llevando con precisión por la historia. Cada elemento parece ocupar el lugar justo: los espacios opresivos, los encuadres que delimitan, los tiempos muertos que no están realmente vacíos. Olga habita su departamento como si fuera una extensión de sí misma, un territorio controlado donde nada debería salirse de lugar. Cristian, en cambio, introduce una energía distinta, una curiosidad que no reconoce fronteras claras. Su forma de mirar, todavía en construcción, se filtra en ese espacio rígido y comienza a cuestionarlo sin necesidad de confrontarlo directamente.
La película encuentra uno de sus núcleos en esa relación inesperada. No se trata de grandes revelaciones, sino de acercamientos graduales: una conversación que se alarga más de lo habitual, una puerta que se queda entreabierta, una mentira que parece solucionar la inquietud de un niño por ver a su madre. Mientras tanto, la figura del padre orbita alrededor de esta dinámica, cargando con una presión que no termina de disiparse. Cada uno enfrenta la incertidumbre a su manera, improvisando estrategias para sostenerse frente a lo que no puede controlarse.
Hay momentos en los que la realidad se desdibuja ligeramente, especialmente en la experiencia de Cristian, donde la imaginación y los videojuegos funcionan como refugio. No es una fuga total, sino una forma de procesar lo que lo limita y le recuerda su fragilidad. Esa sensibilidad se integra con naturalidad al relato, recordándole a Olga que existen otras formas de habitar el mundo, menos rígidas, menos solitarias.
El ritmo se mantiene constante, sin necesidad de grandes picos dramáticos. Lo que se acumula no es un conflicto que estalla, sino una necesidad compartida de compañía. La respiración llega en esos instantes donde los personajes, casi sin darse cuenta, se permiten coincidir en un mismo lugar emocional. No como la verdadera solución, es más una pausa para descansar.
Y entonces vuelve la mosca. Presente, insistente, imposible de ignorar. Al inicio era una intrusa, un elemento que alteraba el orden. Con el tiempo, parece adquirir otro peso, como si su persistencia reflejara algo más profundo: la incomodidad de compartir espacio, pero también la imposibilidad de permanecer completamente aislados. En ese pequeño zumbido que se repite, queda suspendida una idea que se queda con nosotros: no siempre es necesario expulsar lo que irrumpe; a veces, basta con aprender a habitarlo.


