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En el fin del mundo: una mirada que se pierde entre estética y responsabilidad

La historia de un migrante varado entre la ficción y la realidad revela más sobre la mirada de quien filma que sobre el hombre frente a la cámara. Lo que podría ser un retrato íntimo termina convertido en una inquietante reflexión sobre los límites éticos del cine documental.

En el fin del mundo, dirigida por Abraham Escobedo-Salas, se sitúa en un espacio liminal entre el documental y la ficción para seguir a Cecilio, un migrante originario de Cabo Verde que lleva más de cuatro décadas en Portugal sin lograr regularizar su situación. A ello se suman su adicción y una vida marcada por el abandono institucional que lo obliga a vivir en la calle junto a personas igualmente desplazadas del sistema. La película surge a partir del interés del director por un documental de Vice sobre una de las colonias más peligrosas de Lisboa, referencia que él mismo mencionó durante la sesión de preguntas y respuestas, espacio que abrió aún más cuestionamientos sobre el verdadero impacto del proyecto.

La cinta podría haber funcionado plenamente como ficción, pues está filmada bajo ese código estético: nadie mira ni reconoce la cámara, y sólo breves interludios —donde Cecilio recita letras directamente al lente— recuerdan su intención documental. El resultado es una exploración contemplativa de la vida del protagonista, atrapado en un sistema que lo ha desprotegido por completo. Sin embargo, la película nunca profundiza en las implicaciones reales de su falta de papeles ni en las alternativas existentes para su supervivencia.

Más que construir un análisis crítico del abandono institucional o de la adicción que consume a Cecilio, la narrativa parece centrarse en estilizar su miseria. El documental se siente irresponsable, cercano a la pornomiseria, al pedirle al protagonista que se entregue emocionalmente a una cámara que no retribuye esa apertura con contexto, reflexión o una mirada realmente empática. Una de las secuencias más impactantes —Cecilio lanzando una botella de vidrio contra una pared marcada con un “fuck the police”— fue revelada como planeada, reforzando la sensación de manipulación.

Visualmente impecable, la película aparenta ser el sustituto de una ficción que el director decidió no realizar, usando el documental como vía más conveniente y menos costosa. Durante la sesión posterior, Escobedo-Salas comentó que “se le estaba pagando” a Cecilio durante el rodaje, como si se tratara de una labor remunerada, un comentario que generó incomodidad en la audiencia. También sugirió que Cecilio y su círculo eran peligrosos e impredecibles, lo que subrayó aún más la impresión de que el cineasta lo instrumentalizó para construir un relato que lo beneficia estéticamente sin responsabilizarse éticamente.

El director afirmó que logró apoyarlo para obtener papeles, pero la película no aclara si esto es cierto ni cuál es la situación actual del protagonista. Al final, lo que permanece no es sólo la angustia de la realidad de Cecilio, sino la desconfianza hacia las intenciones detrás de la obra. En el fin del mundo es un ejercicio visualmente pulido, pero que reduce a su protagonista a un objeto narrativo, escondiendo decisiones discutibles detrás de la ilusión de un documental híbrido que nunca termina de asumir sus implicaciones.

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