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El diablo fuma: infancia quebrada entre sombras y poesía

La casa donde estos cinco hermanos crecen parece flotar entre planos, suspendida en un territorio donde lo real se confunde con lo imaginario y las sombras adquieren la forma de heridas heredadas. La película respira un desasosiego íntimo que nos recuerda que la fragilidad puede habitar incluso en …

La tensión de El diablo fuma se despliega en pequeños fragmentos: una caja, una sombra, un gesto apenas perceptible. La película inicia con la certeza de que la vulnerabilidad puede surgir en cualquier esquina y construye un universo donde la incertidumbre difumina los límites entre lo tangible y lo fantástico. En este espacio ambiguo viven cinco hermanos abandonados por sus padres, acompañados únicamente por su abuela, una mujer atrapada entre el delirio y la profecía, convencida de que una presencia oscura vigila cada rincón de la casa.

Concebida desde un principio como una obra no convencional por Karen Plata y Ernesto Martínez Bucio —este último también director del filme—, la película hace de su propio artificio un dispositivo narrativo. Basada en la poesía de Plata, la propuesta se construye como un collage de escenas del presente y del pasado: retazos que no buscan dar respuestas, sino formular preguntas cada vez más urgentes. La mezcla entre una fotografía creativa y recuerdos registrados en cinta de video refuerza la sensación de un rompecabezas incompleto, que coloca al espectador en el lugar de los hermanos, incapaces también de descifrar del todo lo que los rodea.

En este mundo suspendido, los niños deben aprender a sobrevivir con los pocos recursos disponibles, alimentándose del vínculo fraternal que los sostiene ante la ausencia de figuras adultas. La película es, sobre todo, una experiencia emocional marcada por la fragilidad: un drama íntimo donde cada escena parece cargada de un desasosiego persistente, resultado de un abandono que nunca se nombra pero que se siente en cada silencio, en cada ritual, en cada gesto.

El lenguaje visual fragmentado y cercano a lo poético contribuye a esta atmósfera de encierro. Las sombras que acechan no funcionan únicamente como presencias imaginadas: representan el peso de los secretos familiares, las heridas no resueltas y la inestabilidad emocional que atraviesa a todos los personajes. La infancia aparece aquí como una etapa solitaria y llena de grietas, un terreno que exige resistencia, cuidado y la capacidad de encontrar ternura en medio de la oscuridad.

Desde su título, la película desafía al espectador. El diablo fuma anuncia desde el principio su naturaleza provocadora, alejándose de formas narrativas convencionales para acercarse a la poesía y al misterio. El ensamble joven que interpreta a los hermanos ofrece momentos de honestidad conmovedora, sosteniendo con naturalidad un relato que oscila entre lo cotidiano y lo extraordinario.

La escena final —cargada de fuerza, ambigüedad y un golpe emocional que perdura— sintetiza el dolor, la rabia y la confusión acumulados a lo largo de la historia. Es un cierre que condensa la experiencia completa: un viaje áspero, íntimo y profundamente sensorial que permanece en la memoria con la persistencia del olor a cerillos quemados.

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