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Sex Panchitos: memorias heridas por un sistema que nunca los miró

Un grupo de adolescentes marcados por la violencia institucional reaparece, décadas después, para contar la historia que nadie quiso escuchar. El documental expone vidas moldeadas por la persecución, pero también las grietas y ausencias de una mirada que no termina de profundizar.

Sex Panchitos sigue a Ulti —el eje emocional del documental— y al director Gustavo Gamou en la búsqueda de los integrantes originales de una banda juvenil que, en los años 80, robaba radios, asaltaba camiones y era señalada como una de las agrupaciones más peligrosas de los barrios de Tacubaya y Santa Fe. Sin embargo, el filme revela rápidamente que aquellos “delincuentes” eran, en realidad, niños que crecieron bajo la pesada etiqueta de problemáticos y drogadictos. Sin herramientas para comprender la complejidad de esa persecución, terminaron interiorizándola, abriendo un camino marcado por adicciones, violencia y decisiones que los acompañan hasta la adultez.

Las conversaciones con los miembros del grupo son algunos de los momentos más íntimos del documental: hombres que se desnudan emocionalmente frente a la cámara para hablar de sus adicciones y de sus procesos en Alcohólicos Anónimos. También conmueve la precariedad persistente: décadas después, muchos continúan viviendo en condiciones frágiles, aunque encuentran formas de organizarse para ayudar a quienes viven en situación de calle.

La película se articula en torno a tres historias: la de Ulti, cuya relación con su hijo y con su madre —encarcelada en Santa Martha Acatitla— muestra con claridad las tensiones de su vida cotidiana; la de Canon, centrada en la creación de una asociación civil; y la de Chivo Loco, quien cumple 30 años en reclusión y enfrenta la difícil tarea de reintegrarse a la sociedad. Estas líneas narrativas, sin embargo, no reciben el mismo tratamiento: el documental se dispersa y pierde fuerza conforme avanza.

La historia de Ulti está construida con sensibilidad y evidencia la crudeza de su realidad: un cuarto diminuto compartido con su hijo, la inminente salida de la madre del niño y la ausencia de un hogar digno. En contraste, la trama de la asociación civil queda apenas esbozada; se mencionan problemas, pero nunca se desarrollan. Con Chivo Loco ocurre algo similar: no se exploran a profundidad los retos de su reinserción social ni las herramientas reales con las que cuenta.

Esto conduce a una reflexión necesaria sobre la mirada del director, que parece limitada y poco incisiva. Con un grupo como los Panchitos había un terreno vasto para indagar en la presión sistemática, en los mecanismos de criminalización de la juventud y en la forma en que el estigma puede definir una vida desde la infancia. Incluso temas mencionados en la sesión de preguntas —como la integrante del grupo cuyo padre machista limitaba su presencia, pero que encontraba libertad al participar— quedan fuera de la narrativa.

Los primeros 30 o 40 minutos presentan con claridad cómo estos niños fueron convencidos por el sistema de que eran malas personas. Pero después, la película se vuelve repetitiva y pierde rumbo. Ulti continúa siendo un personaje fascinante y dolorosamente humano, pero la cinta no logra unir las tres historias en un discurso sólido ni ofrecer una reflexión más profunda de la que ya se establece desde el inicio.

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