En un valle de Oaxaca se desarrolla una fábula en blanco y negro sobre el amor, la familia y las decisiones que marcan el destino. Olivo y Elida se hacen una promesa, convencidos de que compartir la vida juntos es su única posibilidad de plenitud. Olivo, heredero de las enseñanzas y silencios de su padre, conoce el trabajo de la tierra, la disciplina y la paciencia del campo. Elida, en cambio, enfrenta un matrimonio arreglado por su familia que amenaza con arrebatarle la libertad y los sueños. Resistiendo la imposición de su entorno, decide luchar por su propio camino y por el derecho de elegir a quién amar. El amor entre ambos se convierte entonces en una fuerza, tan pura como imposible, destinada a desafiar las normas que los separan.
Esta es la premisa de Los amantes se despiden con la mirada, la más reciente película de Rigoberto Pérezcano, presentada en el Festival Internacional de Cine de Morelia. Filmada con una sensibilidad cautivante, la obra se construye sobre un relato sencillo pero profundamente simbólico, que se desarrolla con calma, como si cada plano respirara con el ritmo del páramo. La historia se desenvuelve frente a nuestros ojos como una leyenda ancestral: un relato épico donde el amor y el deber familiar colisionan, generando una tensión constante que envuelve cada escena.

El blanco y negro no sólo embellece la imagen, sino que separa el mito de la realidad. La luz y las sombras se vuelven los verdaderos narradores, cargadas de sentido y de misterio, sin necesidad de recurrir a otros colores. Las palabras son escasas; lo que domina es el lenguaje visual, los gestos mínimos, los silencios y los símbolos: un caballo domado, un regalo que parece esconder una advertencia, un pozo que parece perderse en las profundidades de la tierra.
La cámara se desplaza con paciencia, observando sin intervenir, dejando que los personajes existan en su entorno. Hay una armonía entre el encuadre y el paisaje que dota a la historia de una textura onírica: los valles y montañas parecen testigos antiguos, custodios del destino de estos amantes. El ritmo pausado (a veces hipnótico) permite que la tensión emocional crezca poco a poco, hasta envolvernos por completo. Es un cine que apuesta por la poesía del gesto y la mirada, donde incluso el silencio se escucha.
El conflicto entre Olivo y Elida no sólo encarna un drama romántico, sino una alegoría sobre la libertad y la herencia. Él representa el peso de las tradiciones, ella la fuerza de la decisión propia. Ambos buscan un lugar en el mundo, conscientes de que su unión es quizás su única promesa de felicidad. Y mientras el amor florece entre ellos, la amenaza del entorno (la violencia, el deber, la familia) se cierne como una sombra inevitable.
Los amantes se despiden con la mirada es una obra hermosa, profunda y nostálgica; una historia que, con su delicadeza formal y su hondura emocional, recuerda que a veces basta una imagen (una sola, cuidadosamente planeada) para contar las historias más poderosas y entrañables del cine.



