El sentimiento de vacío, aislamiento y negación que sigue a una pérdida puede convertirse en una prisión silenciosa. En If You Should Leave Before Me, la ópera prima de los hermanos Anderson estrenada en la edición 2025 del Festival de Raindance, ese encierro se materializa con paredes literales. La historia sigue a Mark y Joshua, una pareja atrapada —tanto física como emocionalmente— dentro de su propio hogar, que comienza a transformarse con la aparición de universos paralelos, objetos imposibles y visitantes inesperados. Cada uno de estos elementos los empuja a lidiar con una ausencia reciente que los paraliza y les obliga a mirar de frente no solo a la muerte, sino también a sí mismos y a lo que los une.
La película se despliega como un universo de fábulas visuales, diseñado casi por completo dentro de un set que cambia constantemente gracias a recursos sencillos: cartón, papel, luces teatrales y estructuras móviles. Ese trabajo de diseño, lejos de sentirse austero, otorga una riqueza estética que hace parecer cada escena como el pasaje de un libro ilustrado. Es una propuesta arriesgada, que opta por lo teatral y lo artesanal antes que por el realismo, y que consigue instalar una atmósfera entre mágica y claustrofóbica, acompañando de forma precisa el conflicto de sus protagonistas. La construcción visual va de la mano de un guion que apuesta por lo simbólico sin descuidar la progresión dramática: cada nuevo espacio y cada personaje que aparece representa un fragmento del duelo no resuelto.
Entre los varios elementos que sostienen esta apuesta destaca con fuerza la interpretación de Shane P. Allen, quien encarna con precisión al personaje de Mark, que carga con la mayor responsabilidad emocional dentro de la pareja. A medida que la historia avanza, es su mirada y sus decisiones las que nos conducen por este trayecto lleno de contradicciones y luchas (a veces literales). Su actuación transmite con detalle la tensión de quien intenta sostenerse mientras todo a su alrededor se desmorona.

Lo que podría parecer un simple ejercicio de estilo se convierte pronto en una exploración íntima y versátil sobre el duelo, el amor y el miedo al olvido. Aunque la puesta en escena se carga de elementos oníricos y extravagantes, nunca se pierde el centro emocional: la conexión entre dos personas que, enfrentadas a la misma pérdida, transitan el dolor de maneras distintas.
Es cierto que en algunos momentos la película roza lo excesivo en su necesidad de conmover. Algunos recursos pueden sentirse repetitivos o demasiado explicativos, como si desconfiaran de la capacidad de la audiencia para seguir el subtexto; mientras que otros rozan clichés y bromas que resultan redundantes. Sin embargo, esos pequeños desajustes no alcanzan a opacar la solidez general de la propuesta ni el impacto emocional que consigue construir a lo largo del relato.
Esta película se atreve a hablar del duelo y del amor que persiste incluso cuando ya no hay a quién dirigirlo, con una combinación inusual de ternura, delirio y precisión técnica. Al final, el recorrido que Mark y Joshua emprenden dentro de su propio hogar se siente como una invitación a entrar en ese cuarto cerrado donde a veces escondemos las emociones más difíciles de nombrar y a preguntarnos si estamos listos para abrir la puerta que nos regrese al mundo exterior.



