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Our Father: la fe como prisión del alma

En un monasterio perdido entre montañas, la fe se convierte en un instrumento de poder y sometimiento. La redención prometida se transforma en castigo, y la salvación en una forma de encierro.

En un monasterio aislado en las montañas de Serbia existe un grupo de recuperación de adicciones para hombres, dirigido por el Padre Branko. Basado en religión y disciplina, este líder promete reintegrar a las personas a la sociedad y regresarlas al “camino del bien”. En Our Father, debut del director Goran Stanković, seguimos a Dejan, recién ingresado tras un fuerte periodo de consumo de drogas. Su historia se construye a partir de la adaptación a las dinámicas del grupo: los vínculos que establece con otros internos, los momentos de flaqueza y el proceso en que las ideas y prácticas del Padre comienzan a consumir su mente y su cuerpo, revelando dinámicas violentas y poco éticas que ponen al límite a quienes viven atrapados en este espacio. Desde los primeros momentos, la película expone la corrupción de un sistema de creencias, la impunidad de quienes actúan en nombre de la fe y la crueldad de un guía que encarna una figura mesiánica, convencido de que el sufrimiento es la única vía de redención.

Estrenado en la edición número 50 del Toronto International Film Festival (TIFF), el filme construye una atmósfera sombría y opresiva en la que la tensión se acumula de manera gradual hasta estallar en momentos crudos y violentos. La puesta en escena —sobria, contenida, casi asfixiante— nos introduce en una rutina marcada por la repetición, donde cada silencio y cada encuadre íntimo hacen más evidente la fragilidad de estos hombres frente a un sistema punitivo disfrazado de esperanza. Stanković apuesta por una cámara cercana que enfatiza los gestos y miradas, pero también por una narrativa que confronta al público con la normalización de discursos religiosos y disciplinarios que justifican abusos bajo la promesa de salvación.

Siguiendo los días y la rutina de los internos, el guión nos deja ver la dualidad de Dejan: por un lado, su deseo genuino de encontrar una salida; por el otro, la manipulación constante de un líder que se erige como juez y redentor. Los vínculos de amistad que se construyen entre los personajes humanizan el relato y dan espacio a momentos de vulnerabilidad, aunque siempre bajo la amenaza latente de un castigo desmedido. Esa contradicción —esperanza y condena entrelazadas— refuerza la idea de que el encierro es tanto físico como espiritual.

Aunque el argumento no innova en exceso ni rompe con convenciones del género, Our Father se sostiene con solidez en su capacidad de denuncia. La película evita adornos innecesarios y se centra en mostrar con crudeza la violencia sistemática que atraviesa a instituciones de todo tipo, ya sea religiosas, sociales o políticas. Con recursos simples, Stanković logra transmitir la sensación de precariedad y desamparo, recordando que estos espacios existen en distintos rincones del mundo bajo diversas formas, pero con un mismo trasfondo: ofrecer soluciones simplistas a problemas profundos y complejos.

Our Father no da respiro. Su narrativa obliga a mantener la mirada fija en la pantalla, incluso en los pasajes más dolorosos. Y, sin embargo, la película también reserva un espacio para la ternura, aquella que nace de la solidaridad entre quienes comparten el encierro y que persiste a pesar de todo. En ese contraste se sostiene su fuerza: entre la esperanza y la opresión, entre la posibilidad de un nuevo comienzo y las campanas que repican a lo lejos, recordando que la promesa de redención puede ser, al mismo tiempo, la más cruel de las condenas.

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