La colisión entre dos mundos aparentemente irreconciliables da vida a En el camino, la nueva película de David Pablos: por un lado, la profesión hipermasculinizada de los choferes de transporte de carga que recorren el árido norte de México, y por otro, la vida precaria y clandestina de quienes buscan placer y compañía en los márgenes de la carretera. Veneno es un joven que viaja de destino en destino ofreciendo su cuerpo a cambio de un espacio en la cabina de un tráiler. Un día conoce a Muñeco, un conductor reservado con quien forja un vínculo inesperadamente íntimo. Su travesía, hecha de paradas improbables, luces de neón y encuentros a escondidas, se convierte en un camino serpenteante marcado por juicios ajenos, peligros latentes y la fragilidad de un afecto que comienza a crecer bajo una amenaza constante.
Pablos retrata con crudeza un universo en el que lo íntimo convive con lo hostil. Su mirada desmantela tabúes y confronta prejuicios sin concesiones, mostrando que la negación de las disidencias no las elimina: al contrario, las empuja hacia la intemperie, hacia la precariedad y la violencia. Esa negación es el fantasma que persigue sobre todo a Veneno y comienza a atormentar a Muñeco a lo largo del relato, recordándoles que, por más que intenten acelerar para huir, siempre hay un pasado, decisiones y una condena social dispuesta a alcanzarlos.

La puesta en escena es áspera y deliberadamente incómoda. El filme rehúye la belleza complaciente para situar al público frente a lo que usualmente no se muestra: moteles en ruinas, cabinas sofocantes, cuerpos expuestos que cargan tanto deseo como vulnerabilidad. No hay refugio seguro en este paisaje; cada cuadro transmite la incomodidad de vivir a la intemperie emocional y física, de ser observado por miradas que juzgan y condenan. Esa incomodidad es, justamente, la fuerza del relato: una invitación a mirar de frente aquello que suele quedar oculto bajo capas de silencio o vergüenza.
La cámara insiste en encuadres descarnados y provocadores, donde los personajes se mueven entre tráileres y cajas que parecen arrastrar el peso de sus existencias marcadas por el juicio social y la invisibilidad. La narrativa avanza como el propio trayecto de los protagonistas, entre pausas y sobresaltos, como si cada parada al borde del camino pudiera convertirse en un desenlace definitivo.

Esa tensión estética entre el árido desierto o la oscura carretera, contra las luces neón y las sombras en que los cuerpos se buscan y se desean, traduce en imágenes el vaivén de los protagonistas, atrapados entre la crudeza de la realidad y el espejismo de un respiro momentáneo.
El resultado es una película atrevida, incómoda y sensible, que narra con fuerza la fragilidad y la resistencia de quienes habitan al margen de la carretera. En el camino dialoga con una larga tradición de cine queer, al mismo tiempo que reclama su propio espacio: una historia profundamente enraizada en los paisajes y códigos de México, pero que interpela a cualquier audiencia dispuesta a mirar sin filtros. Un recordatorio de que la libertad nunca es un destino final, sino un trayecto accidentado, donde nuestras huellas quedan grabadas perpetuamente al andar.



