El concurso del día del padre de ese año promete un viaje a la playa como premio, y Roberta comienza a soñar con ser la ganadora. En su imaginación se ve junto a su familia disfrutando de la arena y el mar, aunque a veces esas visiones se tornan violentas: las olas la arrastran, los cuerpos se hunden, la corriente amenaza con llevárselo todo. En medio de esa fantasía ambivalente, la pequeña debe preparar su número de baile para participar, mientras convive con una familia multigeneracional formada por seis mujeres que, con sus personalidades únicas, arrastran tensiones, afectos y disputas. Entre solidaridad y reproches, cariño y exigencias, todas ellas luchan por mantenerse de pie frente a una amenaza constante: la posibilidad de perder su hogar por una deuda no pagada.

Vainilla, ópera prima de Mayra Hermosillo, se construye como un coro de memorias que nos lleva a los años ochenta, situando la historia en una casa llena de vida: cantos, gritos, conversaciones, chismes, llamadas telefónicas y hasta un perico parlanchín componen el sonido de fondo de este retrato familiar. La película revela no solo las dificultades materiales, sino también las tensiones sociales y culturales que recaen sobre las mujeres: la forma de vestir, de hablar, de pensar, de relacionarse. Hermosillo logra que esa diversidad de voces no se convierta en ruido, sino en un caleidoscopio sostenido por la mirada curiosa de Roberta, que observa, asimila y aprende en un mundo donde crecer implica enfrentar juicios, prejuicios y amenazas externas.
La cámara funciona como una aliada parcial e inocente: acompaña a Roberta en cada descubrimiento, filtra la historia desde sus recuerdos y nos permite reconstruir el universo de mujeres a través de la forma en que la directora recuerda a su propia familia. Es un gesto profundamente personal que, lejos de ser hermético, se abre al público con gran pasión y respeto. Los encuadres capturan pequeños detalles —una caricia, un gesto severo, una mirada que hiere o un juego— y consiguen imprimirlos en la memoria con la misma fuerza que los recuerdos íntimos. El arte y la ambientación completan esta complicidad, envolviendo la trama en un tiempo y espacio reconocibles, pero atravesados por simbolismos que amplifican su potencia poética.

Roberta imagina a su familia en el mar, ese mar inmenso y enigmático que a veces amenaza con arrastrarlas en su oleaje y otras las recibe con calma para dejarlas flotar en paz. Entre esa metáfora acuática y la cotidianidad ruidosa de la casa, la película construye un vaivén constante entre la angustia y el alivio, entre la presión de sobrevivir y la necesidad de permanecer unidas. Y en medio de ese péndulo aparece un gesto sencillo pero inolvidable: compartir paletas de nieve de vainilla, todas juntas. Un acto inocente que se transforma en un regalo inmenso, como si en la sencillez de ese sabor se resumiera todo el amor, la resistencia y la esperanza de una familia que, pese a las tensiones, lucha por mantenerse unida.



