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Safe Exit: la asfixia cotidiana como forma de vida – Berlinale 2026

Entre pasillos estrechos y azoteas que parecen empujar hacia el vacío, un hombre aprende a sobrevivir en silencio mientras la intolerancia se filtra en cada rincón de su rutina.

Samaan hereda el trabajo de su padre como vigilante de un edificio de departamentos y consultorios en El Cairo. Vive en la azotea, en las mismas habitaciones donde creció, rodeado todavía por vírgenes y santos que cuelgan de las paredes como testigos silenciosos de una historia que no termina de irse. Es sumiso, meticuloso, discreto: el tipo de persona que aprende a sobrevivir sin hacer ruido. Su rutina está hecha de pequeños gestos —abrir portones, vigilar pasillos, hacer encargos en secreto para una vecina anciana— y de una tensión constante que se respira en cada esquina del edificio.

La vida de Samaan está marcada por una herida que no se cierra: la memoria del asesinato de su padre, ocurrido años atrás por motivos religiosos. Esa violencia no se muestra en pantalla como espectáculo, sino como una sombra persistente que lo acompaña y condiciona cada movimiento. Por eso resulta tan significativa su relación con el hijo de la vecina, un hombre perseguido por sus convicciones, con quien mantiene un sistema casi clandestino de alertas para evadir a la policía. Todo en el mundo de Samaan está atravesado por el miedo, pero también por una silenciosa necesidad de cuidar a los otros como medio de sobrevivencia.

La llegada de Fátima altera ese equilibrio frágil. Ella aparece con una urgencia distinta, con la determinación de alguien que no puede darse el lujo de esperar. En un primer momento, la película parece inclinarse hacia el thriller: hay sospecha, hay peligro, hay decisiones que podrían torcer el rumbo de ambos. Sin embargo, la historia se transforma en algo más íntimo. Lo que importa no es tanto el riesgo externo, sino el modo en que estos dos personajes comienzan a reconocerse en sus propias vulnerabilidades.

El ritmo es lento y cargado. Las acciones son simples, muchas veces apenas sugeridas. La tensión no proviene de persecuciones ni de grandes giros, sino de la acumulación de situaciones que amenazan con explotar. La cámara acompaña a Samaan desde la distancia, enmarcándolo constantemente entre balcones, pasillos y barandales. Las azoteas se convierten en el espacio simbólico más potente: puntos de fuga que, al mezclarse en la composición, parecen empujarlo hacia un borde invisible, como si el mundo entero conspirara para arrinconarlo. Esa sensación de opresión visual refuerza la ansiedad que atraviesa la película casi de principio a fin.

Poco a poco, la distancia entre Samaan y Fátima se acorta. Ella atraviesa los límites físicos que lo separan del resto —puertas, muros, terrazas— y logra introducir una energía distinta en su vida. Hay momentos de ligereza, incluso de ternura, que no cancelan la amenaza latente, pero sí la humanizan. Ambos están unidos por el deseo de un porvenir menos asfixiante, aunque sus caminos para alcanzarlo no siempre coincidan.

Hacia el final, la rabia ante la intolerancia se impone con fuerza. No es una indignación discursiva, sino una que nace de lo vivido, de lo que los personajes han tenido que callar y soportar, de una última jugada cruel del destino. Safe Exit no convierte esa furia en espectáculo; la deja arder por dentro, como una llama contenida que ilumina la injusticia sin perder la mirada compasiva hacia sus protagonistas.

La salida segura del título no es necesariamente una puerta abierta. A veces es apenas una grieta por la que entra un poco de aire. Y en ese edificio lleno de balcones y azoteas, donde todo parece empujar hacia el vacío, Samaan descubre que quizá la verdadera escapatoria no está en huir del mundo, sino en atreverse a cruzar el umbral que lo separa del lugar en que desea estar.

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