Hay algo reconfortante en una película adolescente que no pretende reinventar el género. Black Burns Fast, dirigida por Sandulela Asanda y estrenada en la sección Generation 14plus del Festival Internacional de Cine de Berlín 2026, conoce perfectamente las reglas del juego: la estudiante ejemplar, la beca en riesgo, el futuro meticulosamente planificado, los grupos sociales enfrentados. En lugar de subvertirlas de forma radical, decide habitarlas desde un punto de vista propio. Y ahí encuentra su fuerza.
La película sigue a Luthando, una protagonista tan reconocible como entrañable. No es perfecta, y precisamente por eso resulta cercana. Ha organizado su vida como si fuera un examen de opción múltiple: estudiar lo suficiente, cumplir las normas, satisfacer expectativas. Cree que el mundo responde con orden cuando una hace todo “bien”. Hasta que se enamora. Y ese enamoramiento —tan intenso como desestabilizador— desarma la estructura que había construido con tanto cuidado.
Su transformación no se siente superficial. Cambiar de grupo, soltarse, intentar ser “más cool” sin dejar de ser ella misma se convierte en una revolución íntima que la película observa con honestidad. Lo verdaderamente valiente no es que desafíe abiertamente a la escuela, sino que se permita sentir. Que abrace el primer amor sin pedir permiso. Que reclame respeto para su identidad aun cuando eso incomode a la institución que la rodea.
La escuela funciona como un microcosmos exagerado y ligeramente paródico. Evoca las series adolescentes estadounidenses, pero sin perder de vista el contexto sudafricano que retrata. Colores vibrantes, reels, emojis y una estética casi de libro pop-up le dan un tono pop y ligeramente kitsch. Todo es intenso y caricaturesco, pero esa exageración no trivializa el conflicto; al contrario, lo enfatiza. El racismo normalizado, la rigidez conservadora, la presión sobre los cuerpos y los deseos de las jóvenes, los tabúes en torno a la sexualidad: todo aparece como parte de una estructura que condiciona la experiencia adolescente. La película juega con los códigos de la sitcom —drama, comedia incómoda, misterio— y desde ahí señala problemáticas mucho más profundas.

El ritmo es ágil, casi vertiginoso, como la mente de una adolescente descubriendo el mundo a toda velocidad. Hay humor, tensión y momentos melodramáticos que abrazan el cliché sin complejos. Sin embargo, nada se siente vacío. La paleta de colores funciona como un collage emocional que acompaña ese estado constante de descubrimiento. Es una película divertida e ingenua en apariencia, pero plenamente consciente de su discurso.
Bajo su ligereza, se articula una postura política clara. Black Burns Fast es abiertamente queer, crítica de las instituciones conservadoras y atenta a las distintas formas de violencia —incluida la digital— que atraviesan la vida de las jóvenes. Y aun así, no se vuelve discursiva ni pesada. Mantiene un equilibrio delicado: dulce en su tono, firme en su convicción.
Al llegar los créditos finales, queda una sonrisa y también una reflexión. A lo largo de la vida enfrentamos múltiples exámenes: académicos, sociales, familiares. Podemos obsesionarnos con cumplir estándares ajenos. Pero quizá la prueba más importante sea otra: la de ser honestas con quienes somos, incluso si eso implica perder puntos en el camino. Luthando no sólo busca aprobar la escuela; aprende a aprobarse a sí misma. Y esa lección vale más que cualquier beca.



