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Iván & Hadoum: amar sin esconderse – Berlinale 2026

La presión familiar y el descubrimiento del primer amor atraviesan Iván & Hadoum, un melodrama que se resignifica desde una mirada queer orgullosa y frontal. Una historia íntima donde amar se convierte en un acto profundamente político.

Iván espera conseguir un ascenso en el almacén donde trabaja para poder comprar una casa más grande para su familia. Desde la muerte de su padre asumió el rol de proveedor sin cuestionamientos, cargando con lealtades heredadas y una responsabilidad que ejecuta con disciplina casi automática. Su identidad parece definida por el deber. Pero esa convicción comienza a resquebrajarse cuando se enamora de Hadoum, empacadora del mismo almacén, quien lo acepta sin reservas ni versiones suavizadas de sí mismo. Con ella descubre la potencia del primer amor: uno que no exige explicaciones y que no quiere vivirse en secreto, aunque el entorno insista en imponer silencio.

La historia evoca inevitablemente los grandes romances atravesados por la imposibilidad. Las diferencias sociales, el peso de la tradición y la presión familiar reducen el margen de acción de ambos protagonistas, empujando a Iván hacia una decisión que amenaza con convertirse en una forma de muerte social. El conflicto no nace del amor, sino del sistema que lo rodea.

Iván & Hadoum, debut de Ian de la Rosa presentado en la sección Panorama del Festival Internacional de Cine de Berlín 2026, no pretende reinventar el melodrama romántico. Se apoya en estructuras clásicas —el sacrificio, la confrontación familiar, la elección entre deber y deseo— para reclamar un espacio históricamente negado: el de las historias queer como relatos universales. No pide permiso ni suaviza su postura. Su gesto es claro: lo íntimo también es político.

El almacén, con su ritmo mecánico y repetitivo, funciona como contraste frente a la intimidad de los encuentros entre ambos. Entre cajas y transportadoras emerge un amor que no necesita justificarse. Sin embargo, el filme introduce un juego constante de reflejos y duplicidades: pasillos que parecen interminables, miradas que se enfrentan a su propia imagen, versiones de Iván que compiten entre sí. ¿Es el hijo obediente, el trabajador ejemplar o el hombre que empieza a elegir su propio deseo?

El ritmo es pausado pero firme. La película evita el sensacionalismo y prefiere observar cómo la presión se acumula en detalles mínimos: silencios prolongados, gestos contenidos, conversaciones donde el deber pesa más que el amor. Hadoum, con su claridad emocional y su energía libre, se convierte en una presencia transformadora. Le recuerda a Iván que su vida no está determinada únicamente por la deuda familiar ni por la tradición heredada, que amar no debería sentirse como un acto de desafío.

Hay momentos de delicada intimidad —un horizonte abierto, el mar como testigo silencioso, cuerpos que por fin se reconocen sin miedo— que condensan la ternura del relato. La cámara acompaña sin invadir, se vuelve cómplice cuando el descubrimiento lo exige y mantiene una cercanía respetuosa que fortalece la autenticidad emocional.

Al final, lo que permanece no es sólo la historia de un amor enfrentado al juicio social. Permanece el orgullo. Orgullo de verse representado sin caricaturas ni concesiones. Orgullo de comprender que estas narrativas ya no ocupan los márgenes, sino el centro de lo humano.

Iván & Hadoum demuestra que incluso las fórmulas más conocidas pueden adquirir nueva potencia cuando quienes las protagonizan han sido históricamente excluidos. Amar sin esconderse, sin pedir permiso, sigue siendo uno de los actos más íntimos —y más políticos— posibles.

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