En noviembre de 1985, la televisión colombiana transmitió a todo el país un hecho insólito: la toma del Palacio de Justicia en Bogotá por el grupo guerrillero M-19. Una cobertura caótica e incoherente que quedó grabada en la memoria colectiva y que marcó a una generación entera de espectadores. Entre ellos estaba Tomás Corredor, un niño de nueve años que, al ver esas imágenes, desarrolló una conciencia temprana sobre la violencia del conflicto armado. Cuarenta años después, ese recuerdo se convierte en su ópera prima.
Noviembre, estrenada en la sección Discovery del Festival Internacional de Cine de Toronto 2025 (TIFF), mezcla ficción y archivo para recrear desde una nueva perspectiva la noche en que guerrilleros, magistrados, trabajadores y rehenes quedaron atrapados en un baño del Palacio, esperando el momento en que la brutalidad militar pondría fin a su encierro.
La película evita héroes y villanos. Se articula como un coro de voces y cuerpos confinados, un retrato íntimo que observa lo sucedido en ese pequeño espacio de un edificio sometido a un asedio desmesurado. Aquel baño se convierte en un microcosmos donde se condensan miedo, angustia y gestos mínimos de solidaridad, revelando lo complejo del instante.
Corredor apuesta por una puesta en escena de resonancias teatrales. El espacio se transforma ante la mirada del espectador: paredes que parecen estrecharse, respiraciones contenidas y silencios tan elocuentes como los gritos. Desde ese lugar casi claustrofóbico, la película genera la sensación de presenciar la caída de un edificio entero, como si la implosión del Palacio se concentrara en un solo cuarto. La cámara se detiene en los detalles —miradas, fotografías, fragmentos de memoria— mientras afuera los disparos, los tanques y las consignas se reducen a un ruido distante e incomprensible.

El montaje sostiene la tensión narrativa. Con inteligencia, introduce pausas entre bloques temporales que permiten dimensionar la escalada de los hechos sin mostrarla directamente. Breves fragmentos de archivo y noticias marcan el tiempo, convirtiendo al reloj en un enemigo invisible. Esa estructura refuerza la sensación de encierro y la impotencia de quienes, atrapados, desconocen lo que sucede más allá de esas paredes.
Lo que distingue a Noviembre de otras películas sobre hechos violentos es su capacidad de esquivar los lugares comunes del cine bélico y documental. No hay reconstrucciones espectaculares ni dramatizaciones solemnes. El filme se sostiene en la intimidad: encuadres cercanos y silencios que contrastan con la saturación de los discursos oficiales. Esa sobriedad convierte la película en un acto de resistencia, un recordatorio de que las personas atrapadas en ese baño no son cifras ni titulares, sino cuerpos con miedo, dignidad y memoria.
Noviembre se inscribe en la tradición del cine latinoamericano que dialoga con la memoria histórica. Empatiza con las víctimas y denuncia los estragos de la represión, pero lo hace desde una sensibilidad que prioriza lo humano sobre lo panfletario. En lugar de ofrecer respuestas cerradas, deja espacio para la reflexión: ¿cómo recordar un hecho aún atravesado por silencios, mentiras y heridas abiertas?
Más que un retrato del horror, la película es un ejercicio de escucha. Desde un baño reducido se vislumbra la magnitud de un país fracturado, y en la intimidad de sus personajes resuena la voz de una memoria colectiva que insiste en no desaparecer.


