Mila ha pasado años lejos de casa para sostener económicamente a su familia. Su regreso no nace del deseo, sino de un accidente que la obliga a abandonar la rutina que construyó en la ciudad: sus vínculos nuevos, la aparente estabilidad laboral y el miedo latente de perder el empleo que le permite mantener a los suyos. Sin opción, emprende el camino a un hogar deteriorado, donde las paredes —y las relaciones— han dejado marcas profundas.
Nada en el reencuentro es cálido. Su esposo y su hija han continuado sin ella, ocupando el espacio que Mila alguna vez creyó propio. El dinero enviado tuvo destinos que nunca conoció y los planes que imaginó para su familia se han desfigurado. Entre la rabia y la confusión, descubre una verdad dolorosa: ya no forma parte de la narrativa que justificó sus sacrificios. Y aunque intenta reclamar su rol como madre, la película deja claro que la maternidad es más que autoridad; exige presencia, confianza y cercanía.
Mama, dirigida por Or Sinai y presentada en el Toronto International Film Festival (TIFF) 50, está contada desde una cámara tambaleante que avanza al ritmo incierto de su protagonista, como si también tropezara con un territorio familiar que dejó de reconocer. Ese movimiento, casi de persecución, carga cada escena de tensión, recordando el peso de los secretos revelados y de los errores —propios y ajenos— que resurgen.
La puesta en escena refuerza esta sensación de extravío: espacios fracturados, desordenados, incapaces de ofrecer refugio. Todo empuja a Mila a adaptarse a un mundo que ya no le pertenece, a un ideal de familia que quedó inconcluso.

El drama se edifica en silencios y gestos mínimos. Las actuaciones, contenidas, transmiten con precisión las dudas y contradicciones que atraviesan a los personajes. No obstante, ese minimalismo se vuelve un arma de doble filo: el ritmo se ralentiza y algunas escenas parecen más interesadas en subrayar el estado emocional que en avanzar en la construcción dramática. Aun así, estos pasajes mantienen una atmósfera asfixiante donde la tensión se oculta entre lo dicho y lo callado.
Aunque el guion aborda temas de gran peso —embarazo, infidelidad, identidad, honestidad—, opta por una sobriedad extrema, evitando dramatizar lo evidente. Esta elección aporta seriedad, pero por momentos limita la fuerza de su discurso. El espectador debe observar con paciencia y descubrir en lo mínimo lo que otros relatos gritan: la fractura de una familia y la dificultad de reconstruir la intimidad cuando la confianza se erosiona con la distancia.
En ese camino, Mila se enfrenta no solo a los suyos, sino a sí misma, preguntándose si fue realmente el trabajo lo que la alejó o si, en el fondo, la distancia fue también una salida. Sinai consigue que esta reflexión trascienda la pantalla: la maternidad no es una identidad fija, sino un lazo vivo que se sostiene en la presencia y en la voluntad de compartir un camino común.


