Say Goodbye es un documental que acompaña a una familia en Utah, Estados Unidos, marcada por la desaparición de Javier, el padre, ausente desde 2016. A la fecha, su paradero sigue siendo un vacío absoluto. La directora, Paloma López Carrillo, decide no narrar una búsqueda física ni una investigación policial. En lugar de eso, observa cómo se vive el duelo cuando han pasado demasiados años, cuando la vida continúa, y cuando la ausencia deja de sentirse constante… pero cuando vuelve, pesa como si fuera nueva.
El documental se articula principalmente alrededor de Sol, quien atraviesa un proceso emocional mucho más visible, especialmente en sus sesiones con su psicóloga; ahí intenta desentrañar una pérdida que no logra cerrarse porque no tiene respuestas. Por otro lado está Rosa, cuya vida parece dictada por el trabajo, un espacio donde la memoria de Javier ya no ocupa un lugar central. Esa distancia es parte del punto: cada quien vive el duelo a su propio ritmo, y aquí se vuelve evidente; a veces Javier parece casi olvidado… hasta que una conversación o un recuerdo vuelve a abrir la herida.
La historia más fuerte —y más dolorosa— es la de Sol. El documental ofrece un acceso inmediato a su relación con su padre cuando él aún estaba presente: una relación inestable que ella describe como marcada por la ausencia física. Su trabajo lo mantenía lejos. Sol cuenta que le rogaba de rodillas para que no se fuera, y con el tiempo entiende que esos patrones han afectado su vida amorosa. Sin embargo, el documental no se queda demasiado tiempo desmenuzando esto, porque su estructura apuesta por otra cosa: planos largos, silencios prolongados, escenas de hasta diez minutos donde solo vemos a los personajes en su día a día, manejando, cocinando, trabajando, yendo al gimnasio o asistiendo a terapia.
Al inicio, esto puede generar incomodidad. Y se siente: espectadores que abandonan la sala, incapaces de lidiar con un ritmo tan lento, tan observacional, tan poco explicativo. No es una narrativa fácil. Pero para quien decide quedarse, la recompensa es enorme. A través de estas rutinas aparentemente sin importancia, poco a poco entiendes cómo la ausencia de Javier sigue viva. Aunque sus vidas parezcan normales, aunque el tiempo haya pasado, su falta se cuela en momentos pequeños, casi imperceptibles… hasta que duele.

Hacia el final llega una de las escenas más conmovedoras: en sesión con su psicóloga, Sol habla de la pérdida de su padre desde un lugar de aceptación. Una despedida necesaria. Un cierre donde queda claro que este recorrido de 90 minutos nos preparó para escuchar esa frase final que funciona como un ritual: a partir de ahora, tú por ti, y yo por mí.
Este es el tipo de recompensa que el documental ofrece si se le da tiempo. Aunque parezca que las escenas largas “no dicen nada”, en realidad sumergen directamente en la mente de los personajes, sin narraciones explicativas, sin preguntas, sin la guía de la directora. A veces parece que Paloma dejó la cámara, salió del cuarto y los dejó existir. Esa decisión le concede a la película un nivel de intimidad rarísimo: los personajes tienen control total de su narrativa, sin verse obligados a responder o justificar nada.
En el cierre, la directora incorpora un video antiguo: la familia jugando en la nieve. Luego lo contrapone con un momento actual, donde vuelven a un lugar similar. Es una decisión sencilla pero tremendamente efectiva: la vida sigue. No puedes controlar ciertas pérdidas, pero sí puedes decidir qué haces con ellas y cómo continúas.
Claro, no todo funciona. El documental, pese a durar 72 minutos, a veces se siente pesado y un poco desbalanceado. La presencia del hermano de Sol, también llamado Javier, es mínima; sus escenas individuales aportan poco y afectan ligeramente el ritmo y el impulso narrativo. Pero incluso con ese desbalance, Say Goodbye termina siendo un acierto: emocional, íntimo y con una visión creativa que se sale de lo común. Es un trabajo que exige paciencia, pero la devuelve multiplicada. Y deja con curiosidad por ver qué sigue en la carrera de Paloma López Carrillo.


