Li Cham es un documental que se adentra en la vida de tres mujeres tsotsiles que, tras perder a sus bebés y a otros familiares en un entorno marcado por violencias patriarcales, enfrentan una doble muerte: la física y la simbólica. Sus historias están atravesadas por la negación de derechos, la desigualdad en la herencia, la educación restringida y castigos que buscan controlar incluso la voz. En ese paisaje de silencios forzados surge el zapatismo como una irrupción histórica y, para ellas, profundamente íntima: un movimiento que no solo abre el acceso a tierra y trabajo propio, sino que permite imaginar un futuro sin dependencia.
La película celebra la autonomía conquistada por Juana, Margarita y Faustina, quienes encuentran en la redistribución de tierras y en la reconfiguración de los roles comunitarios un cambio tangible —complejo, sí, pero real— hacia la independencia. Una de sus mayores virtudes radica en la manera en que ilumina una dimensión poco atendida del zapatismo: su revolución interna para las mujeres. Más allá de la lucha territorial, la película revela transformaciones estructurales que modificaron la vida cotidiana desde la raíz.
El documental también se detiene en la violencia normalizada que atraviesa la vida de estas mujeres: la falta de acceso a salud en contextos inseguros, la exigencia de cargar agua o trabajar aun con embarazos de riesgo, y la pérdida recurrente de bebés sin acompañamiento médico. Mientras ellas hablan, la directora Ana Ts’uyeb construye un registro visual que acompaña sus palabras con sensibilidad: las filma trabajando, cuidando, sembrando, viviendo. La decisión de que nunca miren a la cámara crea una intimidad que invita a observar sin interrumpir, aunque ocasionalmente dificulta distinguir quién narra en cada momento.

Ese lenguaje visual subraya uno de los mensajes más contundentes: mientras a los hombres se les atribuye inteligencia por saber usar herramientas, las mujeres saben hacer todo sin ayuda. Inventan sus propios métodos, sostienen la tierra y levantan cafetales enteros, incluso cuando este trabajo es más pesado y demandante que el maizal. La fuerza que muestran no se romantiza; se reconoce como fruto de la resistencia y del aprendizaje continuo.
Pese a su duración breve, Li Cham a veces se percibe dividido en dos mitades de ritmo desigual: una más densa en testimonios y otra más contemplativa. Este contraste puede afectar la fluidez del relato, aunque nunca rompe la profundidad emocional ni la potencia de su propuesta.
Li Cham es una obra necesaria. Su uso íntegro del tsotsil, su mirada sin artificios y su enfoque en la autonomía femenina la convierten en un testimonio de resistencia y dignidad. Es también un recordatorio contundente de que las mujeres en los pueblos originarios sostienen sus mundos con una fuerza que desafía cualquier frontera: hacen lo que los hombres hacen… y más.



