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La hija cóndor: el eco que asciende desde la sierra

En un territorio donde la tradición sostiene la vida y la modernidad la amenaza, Clara descubre que su voz —como un eco nacido de la montaña— guarda el poder de transformar su propio destino.

Clara tiene una voz especial: cuando canta, lo hace con la música de las montañas. Pero también ha sido elegida como aprendiz de partera, una labor de gran peso en la comunidad donde vive. La intromisión del mundo exterior, sumada a la influencia de la cumbia chicha, la tienta a cambiar su vida y a tomar una decisión drástica sobre su destino. Alterar ese equilibrio frágil, en un entorno enclavado en la vastedad de la sierra, amenaza con despertar fuerzas latentes, presagiadas por los cóndores que giran en círculos sobre sus cabezas.

La hija cóndor, filme de Álvaro Olmos Torrico, presentado en la 50ª edición del Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF), se construye como una fábula donde colisionan pasado y presente, tradición y modernidad. El relato sigue a Clara y a quienes la rodean en un tránsito que va desde lo íntimo hasta lo colectivo, desde la calma de los rituales cotidianos hasta el vértigo de la ciudad que se expande sin tregua. La presencia del gobierno y de sus estructuras de control se asoma como una sombra que condiciona las decisiones, cuestionando la forma misma de organización social y la fragilidad de la empatía en un mundo donde los vínculos se erosionan.

En este universo simbólico, el arte y la dirección de fotografía refuerzan las tensiones entre mundos. Cada elemento del espacio parece estar dividido: lo doméstico frente a lo agreste, lo urbano frente a lo silvestre. El montaje, por su parte, se desliza con suavidad, casi como si fuera guiado por el viento, logrando unir escenas que parecerían irreconciliables en una cadencia que se siente natural y estable. El paisaje es uno de los grandes protagonistas: cobra vida, muta de personalidad, respira y se transforma, reflejando en su metamorfosis los dilemas de las protagonistas, a veces cómplice y a veces juez, silencioso pero firme.

En este diálogo constante entre entorno y personajes, la cámara no se limita a observar: acompaña, se convierte en cómplice, en un ojo que acompaña la intimidad de los cuerpos y la inmensidad de los cielos. De este modo, la película oscila entre la magia de lo ancestral y la crudeza de lo contemporáneo, sin renunciar a la dignidad con que retrata a quienes habitan este cruce de caminos..

Clara y su madre sostienen una relación simbiótica que sostiene también a las personas que dependen de ellas, poniendo en juego sueños y convicciones. Pero La hija cóndor no se limita a un retrato individual: es un recordatorio de que el presente se alimenta de historias que parecen inmóviles, atrapadas en un tiempo que ya no existe, y que sin embargo siguen marcando el destino de quienes heredan sus huellas.

Clara ayuda a iniciar vidas pero también tiene en sus manos el poder de crear vida, una vida nueva para ella, para quienes dependen de ella, para quienes se quedan y para quienes aún están por llegar. Y los cóndores seguirán surcando el aire, dibujando en el cielo un espiral infinito, imitando el ciclo que nunca tendrá final.

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