Olmo sueña con escapar de casa, salir de fiesta y conquistar a su vecina. Pero la realidad le exige algo distinto: debe quedarse para cuidar a su padre enfermo de esclerosis múltiple, compartir esa responsabilidad con su madre y su hermana, y aprender a vivir en la tensión constante de una rutina que asfixia. Esa colisión entre anhelos y deberes es el motor de Olmo, la más reciente película dirigida por Fernando Eimbcke, que construye un retrato nostálgico y peculiar de una familia atrapada entre el deseo de salir adelante y el peso de la enfermedad.
La cinta se levanta sobre los contrastes: los sueños luminosos del protagonista frente a los espacios sofocantes de su casa; las fiestas bañadas por luces de colores frente a los cuartos sombríos donde la enfermedad parece congelar el tiempo; personajes que abrazan con entusiasmo una identidad cercana a lo estadounidense frente a quienes se aferran a la tradición mexicana. Entre la calidez de los afectos y la dureza de un padre que jamás cede. Todo parece dispuesto en pares opuestos que no encajan del todo, pero que terminan conviviendo en una dinámica frágil que revela la dificultad de hallar un equilibrio.
Eimbcke recurre a una puesta en escena que interrumpe deliberadamente la naturalidad de las imágenes. Cambios de iluminación, variaciones de ritmo o gestos coreografiados irrumpen en momentos inesperados, recordándonos que el mundo de Olmo no es solo el de la rutina doméstica, sino también el de su imaginación. Lo que podría sentirse opresivo en una narración convencional se transforma aquí en un juego entre lo real y lo soñado. Esa misma tensión marca a la familia, obligada a coexistir con la enfermedad del padre: una enfermedad que no se presenta como fragilidad, sino como poder.

El padre, lejos de ser una figura compasiva, se convierte en una presencia implacable. Exigente, irascible, siempre de mal humor, parece usar su condición como arma para someter a quienes lo rodean. No hay ternura en sus palabras, solo quejas, órdenes y reproches. En lugar de inspirar empatía, genera rechazo. Es una figura que erosiona la dinámica familiar y empuja a cada miembro a buscar refugios propios para no ser devorados por su hostilidad. Una dimensión incómoda, poco habitual de la enfermedad, que termina jugando en contra de la historia y de la conexión con esta hacia el final.
Aunque el relato propone un estilo singular y, en ocasiones, arriesgado, no todas sus apuestas resultan efectivas. Algunos recursos dejan huecos en la trama y ciertas ideas se diluyen hacia el final, como si la propia película quedara atrapada bajo la misma presión que oprime a los personajes. Es una suma de elementos que, conforme avanza la historia, nos alejan de la verosimilitud y parecen apostar por salidas sencillas después de habernos propuesto ver algo diferente, único, juguetón e inocente.
Al final, podríamos decir que la familia de Olmo es como un viejo estéreo descompuesto. Cada miembro, a su manera, intenta repararlo: Olmo con la música que lo conecta con sus sueños; su hermana, con los patines que le dan libertad; su madre, con el trabajo que sostiene fuera del hogar. Ninguna pieza basta por sí sola, pero todas juntas logran que el aparato funcione, aunque sea de manera imperfecta. Esa imagen condensa lo que la película quiere transmitir: la vida familiar no es armonía plena, sino la suma de partes rotas que, ensambladas con esfuerzo, crean una melodía suficiente para seguir adelante.
Olmo es una película que se arriesga con una propuesta áspera y, a ratos, irregular, pero que encuentra potencia en ese mismo desajuste. Nos invita a mirar lo que suele permanecer oculto: el peso de la enfermedad, la dureza de un padre que oprime, la dificultad de sostener un hogar construido con piezas que no encajan. Y, al mismo tiempo, nos recuerda que incluso en medio del caos todavía es posible recomponer algo, aunque sea un viejo estéreo que suene con la música imperfecta de los afectos compartidos.



