A sus ocho años, Sasha se muda con su familia a la Isla de Vancouver a finales de los noventa. La madre percibe esta mudanza como una salida posible al historial de problemas de conducta de Jeremy, el hermano mayor. Sin embargo, el entorno aislado y sereno de Canadá termina exacerbando el comportamiento errático y antisocial del joven, generando tensiones cada vez más fuertes en el hogar. Para Sasha, la situación adquiere otro matiz: observa a su hermano con ternura y curiosidad, incapaz de comprender por qué nadie parece encontrar la forma de ayudarlo o siquiera entenderlo.
Son los recuerdos de la niña los que dibujan este retrato familiar: la frustración de una madre que se topa con las limitaciones de los expertos, un padrastro desconcertado que intenta sentirse parte de la solución, y la mirada amorosa de una hermana que convierte la imagen de Jeremy en un recuerdo indeleble. Blue Heron se erige así como un mosaico íntimo de afectos y distancias, de barreras de comunicación y anhelos por una vida mejor.
El filme Blue Heron, ópera prima de Sophy Romvari, tuvo su estreno internacional en la competencia Cineasti del Presente del Festival de Locarno 2025 y su premier norteamericana en el Festival de Cine de Toronto. Inspirada en sus propias memorias, Romvari construye un relato híbrido entre ficción y documental, que a mitad del metraje se transforma en un viaje autorreflexivo donde pasado y presente se entretejen de manera sorprendente. Es en ese tránsito donde Sasha deja de ser solo observadora: se convierte en narradora de su propia historia y, de manera casi espectral, vuelve a dialogar con aquellas figuras familiares que siguen fijas en su memoria.

La película se sostiene sobre un equilibrio delicado: por un lado, la voz poética de la infancia, fragmentaria e ingenua; por otro, la voz madura que busca respuestas en un pasado que no termina de sanar. Esa dualidad sostiene la coherencia narrativa incluso cuando la estructura parece desafiar convenciones, y permite que lo íntimo se vuelva universal.
Blue Heron brilla con una fotografía que opta por planos abiertos y distantes, reflejo de la mirada de Sasha niña, que observa sin poder intervenir. Esa distancia visual se combina con un diseño sonoro que actúa como detonador de memorias: el zumbido de insectos, el murmullo del mar, o los ruidos de un balón rebotando contra la casa que parecen retener más detalles que la memoria visual misma. De esta manera, la película convierte los sentidos en archivo, la percepción en relato.
Romvari no teme asumir riesgos. Lo que pudo sentirse inconexo o arbitrario, en realidad mantiene un hilo poderoso de honestidad y vulnerabilidad. El discurso y las imágenes dialogan desde la tensión, pero también desde la ternura, logrando transmitir la ambivalencia de crecer rodeados de preguntas sin respuesta. La película conmueve por la brutalidad con que Romvari se presenta ante el público: comparte los fragmentos de lo que permanece, los retazos de un amor familiar que nunca dejó de ser complejo.
Blue Heron es un intento de reconciliación con lo que no se dijo, con lo que se perdió, con las ausencias que marcan. Un llaverito en forma de garza resume la relación entre dos hermanos que fueron consumidos por el tiempo y por un mundo que poco hizo por comprenderlos. Un regalo que, como la propia película, se convierte en la metáfora de cómo los vínculos más dolorosos y hermosos se entrelazan para definir nuestra identidad por el resto de nuestra vida.




