Desde sus primeros minutos, Romería establece con claridad la búsqueda de su protagonista: Marina necesita actualizar sus documentos legales para comprobar la identidad de sus padres. Pero lo que podría ser un conflicto burocrático se transforma, bajo la mirada sensible de Carla Simón, en un viaje emocional hacia la memoria y la pertenencia.
Durante cinco días en Vigo, Marina se reencuentra con una familia que le fue negada por años. En ese proceso descubre verdades dolorosas sobre sus padres, incluidas las relacionadas con su adicción. La película evita el juicio moral y se centra en la observación: en los gestos, los silencios y las ausencias que definen a una familia marcada por el miedo a hablar.

El peso del pasado está presente en cada detalle. Marina rechaza cualquier bebida o cigarro que le ofrecen, mientras sus parientes esquivan mencionar a su padre. La familia decidió enterrar su historia cuando el SIDA se llevó a sus padres, intentando protegerse del estigma. Sin embargo, lo que Marina busca no es compasión, sino reconocimiento: una prueba legal y emocional de que su familia existió.
Simón captura con precisión la sensación de ser un intruso en tu propio linaje. Su cámara, siempre paciente, deja espacio para la incomodidad, para esa distancia que impide integrarse por completo en la dinámica familiar. La vida continúa, pero el vacío persiste.
Cuando la película se adentra en el terreno del realismo mágico, la narrativa se eleva. Marina contempla recuerdos que nunca conocerá, pero cuya existencia reivindica. En esa aceptación hay catarsis: entender que los lazos familiares no desaparecen con el tiempo, solo se transforman.
Con un ritmo pausado y una mirada profundamente humana, Romería es un retrato sobre la necesidad de recordar, de abrazar la historia que otros intentaron silenciar. Carla Simón convierte lo íntimo en universal, recordándonos que sanar también implica reconocer de dónde venimos y hacia dónde queremos ir.



