Casca, Ana, Fú y sus amistades están convirtiéndose en personas adultas. Los sueños de juventud y las aventuras compartidas parecen ir menguando mientras el mundo a su alrededor comienza a cambiar. Cada quien, desde su propia vivencia, intenta descifrar qué espera del futuro: seguir estudiando, perseguir el sueño de dedicarse a la música o simplemente trabajar para construir la vida que desea. Pero mientras toman estas decisiones, también se enfrentan a transformaciones radicales en su entorno. La apertura comercial de los noventa comienza a arrebatar espacios a la comunidad, las grandes cadenas depredan a quienes se encuentran en una posición vulnerable y la vida libre y tranquila que conocían empieza a asfixiarse entre reglas y prohibiciones. Entre el desalojo y la inevitable llegada de la adultez, las situaciones se tornan complejas y algunos todavía se resisten a perder ese Edén que creían eterno.
Horizonte, dirigida por Jessica Candal y presentada en el Festival do Rio 2026, propone una especie de road movie en reversa. Mientras seguimos a este grupo de jóvenes intentando descifrar los retos de la edad, el camino no parece avanzar: es el mundo que conocen el que se modifica frente a ellos. La idea resulta sugerente, aunque no siempre termina de hacerse evidente desde la película. Sin embargo, hay algo valioso en esa permanencia, en observar cómo el lugar donde crecen los personajes influye en quienes son y cómo, mientras más cercanos son sus vínculos, más pesa el momento en que los caminos comienzan a separarse.

Candal construye una película que destaca por su atmósfera nostálgica. La recreación de los noventa funciona de maravilla, desde sus espacios y decisiones estéticas hasta una banda sonora que refleja el espíritu de sus protagonistas. Hay algo en ese universo que permite reconocer a este grupo de amigos como si también formara parte de nuestra propia historia. La nostalgia no se limita a recordar una época: poco a poco se convierte en la sensación de estar presenciando la desaparición de un mundo que parecía eterno.
Y es que, aunque los personajes parecen querer preservar la armonía que ya tienen, la energía y los sueños que comparten, las amenazas se acercan. Las decisiones que deben tomar son importantes, no solamente en lo académico o laboral, sino también en cuestiones de vocación, paternidad y adicciones. La película encuentra un equilibrio interesante entre estos temas, permitiendo que cada personaje tenga su propio conflicto sin que ninguno arrebate demasiada atención. En todos se siente el peso de un futuro que no va a detenerse a esperarlos. Es la urgencia de las decisiones, de las respuestas y de aceptar que ya no son quienes solían ser lo que mantiene la tensión del relato.

Pero también está la crítica social. La inauguración de un centro comercial, construido después del desalojo de familias y la demolición de sus casas, evidencia el costo de una modernidad que parece beneficiar a unos pocos. En plena celebración, las manifestaciones recuerdan aquello que tuvo que perderse para que ese nuevo espacio existiera. Algo similar ocurre cuando un grupo de jóvenes se reúne en una plaza para tocar música y es expulsado por el personal de seguridad. Lo que antes era un lugar de todos comienza a llenarse de prohibiciones. ¿De qué lado debería estar quien también pertenece a ese pueblo? Las fracturas aparecen tanto en la comunidad, obligada a debatir entre modernidad y tradición, como en el grupo de amigos, que debe aceptar que sus caminos se separan casi por destino.
Horizonte no se reduce a una exploración del coming of age. A través de sus personajes, también se convierte en un testimonio de cómo llegamos hasta el presente, de los espacios que se perdieron y de las formas de vida que quedaron atrás. La metáfora de las hormigas recuerda que los seres humanos podemos organizarnos como un hormiguero, trabajar por el bien común a pesar de nuestras historias particulares. Pero también deja una sensación amarga: basta con que una hormiga deje de cooperar para que la fuerza de todo el hormiguero comience a quebrarse. Y quizá ahí está la verdadera nostalgia de la película, en recordar que aquello que construimos en comunidad puede ser tan poderoso como frágil.