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Ladies and Gentlemen, Brian Mulroney: cuando la política se convierte en espectáculo – TIFF 2026

El ascenso de Brian Mulroney se transforma en un recorrido delirante por décadas de conservadurismo canadiense, campañas políticas y cultura televisiva. Matthew Rankin utiliza el archivo, la animación y la sátira para explorar cómo una figura política puede convertirse en una imagen diseñada para c…

Con Ladies and Gentlemen, Brian Mulroney, Matthew Rankin convierte el ascenso político del decimoctavo primer ministro de Canadá en un delirio audiovisual que se aleja deliberadamente del documental biográfico tradicional. A partir de miles de materiales de archivo, animación en 16 mm, propaganda, intervenciones gráficas y fragmentos televisivos, el director reconstruye una época en la que la política comenzaba a entender el poder de la imagen como una herramienta indispensable para conquistar al electorado.

Presentada en Midnight Madness del TIFF 2026, la película sigue a Brian Mulroney desde su derrota en la convención del Partido Conservador Progresista de 1976 hasta su consolidación como una de las figuras centrales de la política canadiense de los años ochenta. Sin embargo, a Rankin le interesa menos explicar quién fue Mulroney que observar cómo se construyó públicamente su figura. Su carisma, voz, apariencia y facilidad frente a las cámaras lo convirtieron en un político especialmente preparado para una época dominada por la televisión, donde vender una imagen podía resultar tan importante como defender una postura.

Rankin lleva esta idea al extremo mediante un montaje frenético que mezcla realidad e invención hasta volver difícil distinguir dónde termina el documento histórico y comienza la intervención satírica. Mulroney aparece convertido en una especie de Elvis político; las disputas internas del conservadurismo adquieren las dimensiones de combates de lucha libre y figuras históricas son transformadas en personajes de una caricatura nacional. El absurdo no funciona únicamente como chiste: revela cuánto de espectáculo, artificio y puesta en escena ya existía dentro de la propia política televisada.

La sátira se extiende a toda una generación del conservadurismo canadiense. Joe Clark, John Diefenbaker y otros integrantes del partido aparecen atrapados dentro de una maquinaria política llena de contradicciones, rivalidades y estrategias para mantener unida una coalición difícil de conciliar. En medio de ella surge Mulroney, capaz de reunir sectores políticos y regionales muy distintos alrededor de una candidatura cuya principal fortaleza parece ser precisamente su capacidad para transformarse en una imagen reconocible.

Pero Ladies and Gentlemen, Brian Mulroney también utiliza ese pasado para observar la transformación de la derecha canadiense. El conservadurismo que aparece en las imágenes de archivo defendía posiciones que hoy pueden resultar extrañas frente a las corrientes posteriores del movimiento: instituciones públicas, programas sociales, protección ambiental y ciertos discursos de diversidad convivían con políticas económicas de mercado y tensiones regionales. Rankin encuentra en esas contradicciones las primeras fracturas de una coalición que eventualmente terminaría por desaparecer y reorganizar el mapa político del país.

En el centro permanece Mulroney como una figura deliberadamente difícil de resolver. Rankin no busca reivindicarlo ni reducirlo a una caricatura negativa. Lo presenta como un político ambicioso, oportunista, contradictorio y profundamente consciente del poder de su propia imagen, pero también como alguien capaz de comprender mejor que muchos de sus contemporáneos hacia dónde se dirigía la comunicación política.

Esa ambigüedad termina siendo mucho más interesante que cualquier conclusión definitiva sobre su legado. Más que una película sobre Brian Mulroney, Ladies and Gentlemen, Brian Mulroney funciona como una historia sobre la fabricación de un político: cómo la televisión convirtió personalidad, espectáculo y narrativa en instrumentos de poder. Rankin transforma décadas de historia canadiense en un collage caótico, cómico y deliberadamente artificial que encuentra precisamente en el exceso una forma de cuestionar las imágenes con las que la política construye su propia realidad.

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