Head to Head, ópera prima de la cineasta iraní Ghasideh Golmakani, parte de una inversión tan sencilla como provocadora: obligar a un grupo de hombres a experimentar algunas de las restricciones que forman parte de la vida cotidiana de las mujeres en Irán.
Bahar (Mehrnoosh Satari) es una reconocida directora iraní que organiza clandestinamente el rodaje de una película en la que sus actores deben utilizar faldas y cubrirse con el hiyab, incluso cuando las cámaras dejan de grabar. Lo que inicialmente aceptan ante la posibilidad de impulsar sus carreras rápidamente comienza a incomodarlos. El calor, la dificultad para moverse y la obligación de permanecer cubiertos provocan que aquello que nunca habían cuestionado cuando era impuesto sobre las mujeres de pronto les resulte absurdo, excesivo e incluso humillante.
Golmakani construye su película alrededor de esta contradicción y encuentra en ella sus mejores momentos. Los hombres protestan por no poder quitarse el hiyab, cuestionan por qué deben utilizarlo constantemente y reclaman la pérdida de libertades que hasta ese momento daban por sentadas. No necesitan interpretar a mujeres: basta con colocar sobre sus cuerpos las mismas reglas para evidenciar la desigualdad detrás de ellas.
Pero Bahar tampoco está haciendo exactamente la película que les prometió. Mientras los actores recrean distintas situaciones frente a la cámara, otro dispositivo registra sus discusiones, molestias y reacciones fuera del rodaje. Esa es la verdadera película que intenta construir: un experimento en el que los hombres dejan de observar la opresión desde la distancia para experimentarla, aunque sea de manera temporal y controlada.
Es precisamente aquí donde Head to Head encuentra tanto su mayor virtud como su principal limitación. La premisa es suficientemente contundente para sostener por sí misma la crítica de Golmakani, pero la película parece desconfiar constantemente de ella. Conforme avanza, aquello que inicialmente se revelaba mediante las acciones comienza a explicarse a través de diálogos cada vez más directos. La sátira pierde fuerza cuando los personajes verbalizan conclusiones a las que las imágenes ya nos habían permitido llegar.
La contradicción también alcanza a Bahar. Aunque busca que los hombres comprendan lo que significa perder autonomía sobre su propio cuerpo, ella reproduce dentro del rodaje algunas de las mismas dinámicas de control que pretende cuestionar. Les retira sus teléfonos, restringe sus movimientos, decide cómo deben vestir y utiliza imágenes que ellos desconocen que forman parte de otra película. Golmakani abre así una discusión mucho más incómoda sobre los límites de la resistencia: combatir una estructura opresiva no necesariamente impide reproducir sus mecanismos.
Sin embargo, la película no siempre lleva esa contradicción hasta sus últimas consecuencias. Bahar se aproxima por momentos a convertirse en una figura mucho más difícil de justificar, pero el descubrimiento de su pasado fue encarcelada por negarse a utilizar el hiyab termina funcionando también como una explicación de su comportamiento. Su dolor permite comprender su radicalidad, aunque al hacerlo la película suaviza algunas de las preguntas más interesantes que había planteado sobre su ejercicio del poder.
Cuando las autoridades descubren el rodaje y el equipo debe escapar, Head to Head abandona progresivamente el experimento cinematográfico para convertirse en una especie de road movie. Las reglas impuestas dentro del set salen entonces al mundo real: los actores continúan vestidos con las prendas que rechazaban y deben enfrentarse públicamente a aquello que antes consideraban únicamente parte de una representación.

El cambio permite que Golmakani amplíe su reflexión hacia la propia posibilidad de hacer cine bajo un sistema que restringe quién puede filmar, qué puede mostrarse y bajo qué condiciones puede existir una película. El cine dentro del cine deja entonces de ser únicamente un recurso narrativo para convertirse en el centro del conflicto: filmar también significa exponerse.
La cercanía con el trabajo de Jafar Panahi resulta evidente, particularmente en la forma en que ficción y realidad parecen contaminarse constantemente. La fotografía de Amin Jafari evita embellecer los espacios y mantiene la cámara próxima a los personajes, construyendo una sensación documental que funciona especialmente bien cuando Golmakani permite que las contradicciones aparezcan sin explicarlas.
Ahí reside también la diferencia entre los momentos más y menos efectivos de Head to Head. Cuando observa, incomoda. Cuando explica, pierde parte de su capacidad de provocación.
Golmakani construye una ópera prima atravesada por la urgencia de hablar sobre la situación de las mujeres iraníes y sobre la responsabilidad del arte frente a ella. Su propuesta es inteligente y su dispositivo inicial consigue hacer visible lo absurdo de una desigualdad precisamente al trasladarla hacia quienes nunca han tenido que padecerla. Pero la necesidad de asegurarse de que su mensaje sea comprendido termina limitando una película que resulta mucho más poderosa cuando permite que su propia contradicción permanezca abierta.
Porque la pregunta más interesante de Head to Head quizá no sea qué sucede cuando los hombres experimentan las restricciones impuestas a las mujeres, sino algo bastante más incómodo: si experimentar momentáneamente una opresión es realmente suficiente para comprender lo que significa vivir permanentemente bajo ella.



