El director austriaco habla con Cinénfasis sobre “Rose”, la película con la que su país compite por el Óscar a Mejor Película Internacional, y sobre su trabajo con Sandra Hüller.
En la Alemania del siglo XVII, tras la Guerra de los Treinta Años, una exsoldado regresa a un pueblo aislado para reclamar una granja abandonada que dice haber heredado. Lo hace haciéndose pasar por hombre. Esa es la premisa de Rose, tercer largometraje de Markus Schleinzer (Michael, 2011; Angelo, 2018), que se estrenó en la Berlinale con el Oso de Plata a la mejor interpretación protagónica para Sandra Hüller.
Desde entonces la película ha recorrido festivales de todo el mundo, y Austria la eligió como su representante para la categoría de Mejor Película Internacional en los Óscar 2027.
“Uno no debería pensar en el éxito”
Schleinzer asegura que el recorrido de la película no fue algo que buscara. “No deberías pensar en algo así cuando empiezas un proyecto nuevo. La idea siempre es intentar hacer algo honesto, algo que te interese, algo que de verdad quieras contar y compartir”, explica. “Parece que lo logramos, porque mucha gente en todo el mundo quiere compartir esta experiencia y esta conversación”.
Para el cineasta, lo más conmovedor es el contraste entre la soledad de la escritura y lo que viene después. “Paso muchísimo tiempo solo en casa escribiendo el guion, peleando con cada palabra y con cada escena. A veces pienso que soy totalmente incapaz de ser creativo, con el miedo de no volver a lograr que algo funcione”. Luego llega el rodaje: “De pronto, lo que creaste por tu cuenta le da trabajo a mucha gente y, al final, puedes compartirlo con muchísimas personas”.
Rose es apenas su tercera película y ya es la más exitosa de su carrera. “El éxito llegó casi como un shock”, admite. “Estamos muy agradecidos de que lo que queríamos contar, de alguna manera, funcione”.

“¿Por qué la identidad siempre tiene que pedir permiso?”
Al inicio de la película, un narrador advierte que Rose cometió “muchas maldades”. Lo que el espectador ve después es a una mujer que solo intenta vivir su vida. Schleinzer explica que esa presentación es deliberada: “Me temo que así funciona la sociedad a veces, y me disgusta mucho”.
Para ilustrarlo, cuenta la experiencia de una amiga cineasta que preparaba un documental sobre una mujer con varias cirugías en el rostro. Al verla por primera vez entre la gente, la juzgó sin conocerla. Después de pasar tiempo con ella, descubrió a una persona encantadora e interesante. “Si eligió ese camino y se siente bien, es su decisión. No me mata ni me acorta la vida que alguien tenga una identidad completamente distinta a la mía”, dice el director.
La película, explica, arranca justo desde esa mirada social que señala a quien está fuera de la norma como una amenaza. “No quiero vivir así. La mayoría de las personas diferentes a mí también pagan impuestos. Las calles, las casas, los autobuses también se pagan con sus impuestos. No entiendo por qué, cuando se trata de identidad, esta siempre tiene que justificarse y pedir permiso: ‘¿Puedo quedarme en tu comunidad? ¿Puedo ser parte de tu sociedad, por favor?’”.
Schleinzer recuerda lo difícil que es crecer como persona trans, lesbiana o gay: “Ya es bastante duro salir del clóset y, aun así, tienes que pelear todos los días por tu lugar en la sociedad”. Con Rose, sin embargo, decidió no asignarle una identidad concreta a su personaje. “Quería hablar de la libertad en general, porque creo que es lo que nos une a todos. Todos solo queremos vivir”.
Sandra Hüller: “Eso no es un guion, es un poema”
El origen de Rose fue literario. Schleinzer empezó a escribir al personaje desde su infancia y terminó con unas mil páginas de prosa. “Pensé: idiota, nadie te va a dar tanto dinero para hacer una película de 45 horas”, recuerda entre risas. Se saltó las primeras 800 páginas y se concentró en las últimas 200. Cuando le envió el texto a Hüller, ella le respondió: “Eso no es un guion, es un poema. Nunca había leído algo así”.
El director la describe como la persona más trabajadora que ha conocido. “No es una diva. Solo le interesa hacer el trabajo, servir al trabajo”. Su método, cuenta, parte de la lógica: necesita encontrar la lógica interna del personaje y la de cada escena. “Si algo no tiene lógica, no puede hacerlo; se niega. Y eso es bueno. En el momento en que la encuentra, es capaz de producir emoción pura, porque solo reacciona a la lógica del momento”. Frente al dicho de que actuar es fingir o mentir frente a la cámara, Schleinzer es claro: “No creo que ella trabaje así. El proyecto la acompaña todo el tiempo”.
En su primer encuentro, Hüller le preguntó si debía bajar el tono de su voz para interpretar a un hombre. Ambos terminaron riendo al descubrir que la voz de él era incluso más aguda que la de ella. A partir de ahí, el proceso se volvió una exploración de la masculinidad como actuación. “Todo es performance: cómo nos movemos, qué ropa usamos, porque queremos pertenecer a cierta sociedad o a la norma. Todo es un disfraz. Llevo este suéter azul por decisión. Todos nacemos desnudos, y a partir de ahí todo lo que hacemos es una decisión”.
El vestuario fue clave: un traje muy rígido, de materiales pesados, que limitaba el movimiento. Además, hay un cuerno que solo aparece al final de la película y que nunca se ve sobre el personaje, pero que Hüller insistió en llevar durante todo el rodaje. “El primer día dijo: ‘Ahora entiendo por qué los hombres caminan y se sientan de esa forma tan rara, porque siempre hay algo estorbando’. Fue muy lúdico”.
Otros detalles ya estaban en el guion, como la pipa que Rose se lleva a la boca en momentos de tensión. “Tiene que esconder sus sentimientos, no puede decir lo que piensa por miedo a delatarse. Tal vez es una forma de angustia emocional”, explica. “Hay muchas piezas que se juntan para que esta interpretación suceda”.
De “Michael” a “Rose”: el cine que se queda contigo
Al final de la charla surge Michael (2011), su ópera prima, una película dura que en su momento le valió fuertes críticas. “Hacer cine nunca se trata de si puedes hacerlo o no; siempre es la pregunta de si tienes que hacerlo”, reflexiona Schleinzer. “Recibí mucho odio por esa película, pero en esos días en Austria pasaban tantas cosas extrañas que sentí que tenía que hacer algo así”.
Confiesa que nunca ha vuelto a verla: “Como cineasta honesto, solo ves lo que no funcionó, solo ves los errores”. Aun así, tiene clara la función del cine: “Creo que el buen cine se queda contigo mucho después de los créditos finales. Esa es la magia de hacer películas: que te las puedes llevar a casa como parte de una conversación”.
