Paula y la Maestra comparten algo más que su amistad: entrenan juntas natación y se preparan para una competencia en Brasil que promete ser una aventura luminosa. En la alberca construyen una amistad eléctrica y cómplice, llena de juegos privados y códigos que incluso parece que se comunican telepáticamente. El agua es un espacio donde el ruido exterior se apaga y el cuerpo flota ligero. Pero después de una fiesta, una noche que irrumpe violentamente, esa complicidad comienza a resquebrajarse. Algo sucede. Algo cambia. Y el color que rodeaba su mundo empieza a diluirse.
Esta es la trama de la película Chicas Tristes, dirigida por Fernanda Tovar y presentada en el Festival Internacional de Cine de Berlín, un retrato íntimo sobre la transformación de una amistad marcada por una agresión que aunque ocurre fugazmente y en silencio, impregna cada acción posterior. La película no se detiene en reconstruir el hecho, sino en observar lo que viene después: el desconcierto, la negación, la culpa, la necesidad de justicia, la imposibilidad de nombrar lo ocurrido.
Desde el inicio se establece una diferencia clara entre los dos momentos. La primera parte vibra con energía adolescente: entrenamientos, bromas, entusiasmo por el viaje, una sensación de futuro abierto, de mirar hacia el cielo. Después de la noche que lo altera todo, el ritmo se mantiene constante pero el tono se modifica. Los silencios ocupan el lugar de las risas. Las miradas se vuelven esquivas. La alberca deja de ser únicamente un espacio de juego y se transforma en refugio y metáfora.
Las tomas bajo el agua son la imagen más persistente del filme. Cuerpos sumergidos, sonido amortiguado, figuras que se distorsionan al mirar hacia la superficie. Allí parece concentrarse la experiencia emocional de ambas: la sensación de estar aisladas, suspendidas en un mundo donde todo ocurre a cámara lenta y donde salir a la superficie exige un esfuerzo físico y mental. El agua no sólo funciona como escenario deportivo; se convierte en el lugar donde pueden descansar del ruido, pero también donde se enfrentan a la dificultad de respirar.

La película mantiene una tensión ética delicada. Paula, víctima de la agresión, oscila entre el silencio y la negación. Su postura no se juzga; simplemente se expone y se confronta como parte del desconcierto que sigue al trauma. La Maestra, en cambio, insiste en denunciar, en nombrar lo sucedido, en buscar una forma de reparación. La balanza nunca se inclina de manera definitiva hacia ninguna de las dos. La cámara observa. No moraliza. No dicta sentencia. Se limita a acompañar la fractura y la distancia que crece entre ambas perspectivas.
La presión externa también pesa: entrenadores, expectativas, el sistema que exige continuar como si nada hubiera pasado. La tristeza no se construye desde el melodrama ni desde la explicitud. Se instala en detalles mínimos: una conversación interrumpida, una competencia que ya no se vive igual, un gesto que antes era natural y ahora se siente incómodo. La rabia se va acumulando sin llegar a estallar. Se acumula como el aire contenido antes de emerger.
El desenlace es desolador y, al mismo tiempo, deja un resquicio de reconciliación. No hay justicia ni resolución contundente. Hay confusión, hay pérdida, hay crecimiento forzado. La amistad se transforma en algo distinto: menos inocente, más consciente. Como si ambas entendieran que la superficie nunca volverá a verse igual, pero que aún así es posible mantenerse juntas.
Chicas Tristes propone que crecer implica atravesar experiencias para las que no existe manual. Que algunas primeras veces dejan cicatrices difíciles de nombrar. Y que, incluso cuando el mundo parece exigir silencio, siempre queda la posibilidad de sumergirse, contener el aliento… y decidir, en algún momento, salir a respirar


