En el Paraguay de los años cincuenta, bajo la sombra vigilante de la dictadura de El Rubio, Narciso regresa a Asunción cargado de sueños, ambición y un encanto que desarma a cualquiera que cruza su camino. Recién llegado de Buenos Aires, encuentra en la radio local el escenario perfecto para esa personalidad radiante que parece destinada a brillar. Su salto al micrófono —gracias al impulso de un representante de la embajada estadounidense— desata un pequeño terremoto: un programa de rock and roll, irreverente y moderno, que alborota la imaginación de la juventud y desafía la moral conservadora que el régimen intenta imponer a toda costa.
Pero Narciso no sólo irrumpe en el aire: también lo hace en la vida íntima de los habitantes de Asunción. Todos parecen mirarlo con deseo, con curiosidad o con recelo, y esa mezcla peligrosa se intensifica conforme avanza la represión hacia la comunidad gay y los espacios nocturnos donde se vive la libertad sexual. Es aquí donde la película encuentra su corazón: en ese espacio mínimo entre el anhelo y el peligro, entre la necesidad de expresarse y el acecho latente de la violencia.
El filme destaca por su bellísima recreación de época. La reconstrucción del estudio de Radio Capital es uno de sus mayores logros: un ecosistema vibrante, lleno de voces, tensiones y talentos que sostienen la programación cotidiana. La cámara se adentra en ese “teatro sonoro” para observar cómo conviven técnicos, locutores, músicos, actrices y operadores que intentan mantener vivo un formato atrapado entre fuerzas culturales contrapuestas: la tradición folclórica frente a la modernidad irresistible del rock.
En medio de ese mundo surge uno de los elementos más brillantes de la película: la radionovela de Drácula. Esta recreación se convierte en la columna vertebral del filme; un espejo oscuro que refleja el miedo real que se respira fuera del estudio. La persecución, la vigilancia constante, el temor a ser despojado de la propia identidad encuentran eco en esa ficción sonora que funciona como refugio y advertencia a la vez. Las escenas de grabación son una joya: la cámara se mueve con cadencia casi coreográfica, siguiendo a los intérpretes mientras suspenden, por unos minutos, las tensiones que les esperan al cruzar la puerta.
Fuera de ese espacio creativo, Asunción se cierra sobre Narciso. Su magnetismo se convierte en carga y su libertad comienza a verse amenazada por un régimen que lo observa con ojos inquisidores. La película avanza entonces hacia un territorio más oscuro, donde el protagonista parece caminar hacia un destino inevitable, atrapado entre el deseo ajeno, la censura estatal y su propia necesidad de vivir sin máscaras.

Aun con la fuerza del dispositivo radiofónico y el magnetismo del relato, la película tropieza a ratos en su propio juego de dualidades. El equilibrio entre la historia íntima del protagonista y los microrelatos del estudio no siempre encuentra armonía, y el afán por abarcar múltiples capas —lo político, lo sentimental, lo simbólico— afecta por momentos el ritmo. Sin embargo, incluso en esos desajustes, persiste la sensación de estar frente a una obra que intenta capturar un tiempo y un mundo en movimiento: imperfecto, contradictorio, vibrante.
Narciso es una obra melancólica y furiosa, luminosa y oscura; un retrato íntimo y político que recuerda que incluso una sola voz transmitida por radio puede encender deseos, desafiar sistemas y dejar un eco que persiste más allá de la estática.

