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El Tren Fluvial: crecer entre la disciplina y el deseo de huir – Berlinale 2026

Entre la rigidez del campo y el espejismo de la ciudad, un niño emprende un viaje que no promete certezas, pero sí la posibilidad de descubrir quién es.

Milo vive en el campo argentino bajo la mirada rígida y exigente de su familia, donde cada día parece una prueba más que superar. Su padre lo instruye con una disciplina casi militar —especialmente en su entrenamiento para dominar el malambo— y le impone un grado de responsabilidad desmedido para un niño de su edad. Observa, corrige, exige, pero rara vez acompaña. Todo el peso recae sobre Milo, como si cada pequeño gesto, incluso las tareas del hogar, fuera un examen constante para definir su lugar en el mundo.

Movido por el deseo de escapar de esa rigidez, de respirar algo distinto, Milo se aferra a la historia que vio en una vieja película sobre un joven que deja el campo para convertirse en artista. Esa chispa basta para impulsarlo a huir hacia Buenos Aires, a bordo de un tren que se transforma en su puerta de entrada a un universo desconocido. Ahí descubre que los sueños tienen un costo, que la libertad no está garantizada y que la ciudad es un territorio donde nada es exactamente lo que promete.

Presentada en la sección Perspectivas del Festival Internacional de Cine de Berlín 2026, la película se construye como una fábula moderna que viaja entre dos mundos: el hogar austero que lo vio crecer y la ciudad que deslumbra, pero también desorienta. El relato avanza marcando con claridad el contraste entre lo que Milo anhela y lo que realmente encuentra en su camino.

En su recorrido aparecen figuras que parecen brotar de un sueño febril: personajes que hablan en clave poética, otros que se mueven entre el engaño y lo absurdo; pequeñas presencias mecánicas que irrumpen como señales de otro orden; encuentros juguetones o amenazantes que lo someten a pruebas constantes. La película invita a habitar un estado de vigilia incierta, donde Milo intenta descifrar las reglas de ese nuevo mundo, aprender a sobrevivir entre reflejos, ruinas y luces que brillan como promesas quizá inalcanzables.

Incluso la cámara acompaña ese proceso de liberación. Al inicio, su mirada es rígida y vigilante, siguiendo cada movimiento como si replicara el control paterno. Poco a poco se vuelve más curiosa, más libre: se esconde tras ventanas, espía, se inclina, se abre al detalle. El viaje visual refleja la transformación interna de Milo, atrapado entre la soledad, el peligro y la esperanza persistente de encontrar una vida distinta.

La textura visual —serena en el campo, vibrante y casi fantástica en la ciudad— parece pintada con acuarelas, y acompaña el despertar emocional del protagonista. Perseguir un sueño implica, aquí, enfrentarse a un mundo capaz de devorarlo. Aun así, Milo sigue avanzando, incluso cuando el camino se vuelve incierto, incluso cuando lo rodean figuras que buscan aprovecharse de él o moldearlo según sus propias reglas. Como en los cuentos, el héroe debe atravesar pruebas antes de comprender quién es.

La película funciona, sobre todo, como un viaje emocional. No se queda en lo episódico ni en la fantasía visual: habla del peso de crecer, de la dificultad de romper con expectativas familiares y comunitarias, de lo complejo que resulta encontrar el propio ritmo cuando otros ya han decidido cuál deberías seguir.

En el tramo final, la lluvia que cae sobre el tren no sólo empapa el paisaje. Acompaña a Milo en su tránsito, llora con él por lo perdido y, al mismo tiempo, limpia y anuncia un posible renacer. La tormenta se convierte en espejo de un niño que cambia, en un cielo que se abre para recordar que incluso en la incertidumbre existen pequeñas claridades que señalan el inicio de lo que estamos por ser.

El Tren Fluvial es, en esencia, un relato tierno y agridulce sobre la búsqueda de identidad: una travesía donde la inocencia convive con la desilusión, sin perder la esperanza de que siempre hay un horizonte esperando más allá de la próxima estación.

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