Todo en Light Pillar, película animada dirigida por Zao Xu y presentada en la sección Perspectives del Festival Internacional de Cine de Berlín 2026, se siente singular y profundamente personal. Desde sus primeros minutos, el filme crea un espacio que parece hecho a la medida del protagonista —y, poco a poco, también del espectador—: un viejo estudio de cine abandonado que funciona simultáneamente como hogar, refugio y cápsula de aislamiento. Es un lugar extraño y acogedor a la vez, un espacio que invita a quedarse incluso cuando está atravesado por el silencio y la ausencia.
El protagonista habita este estudio junto a su único compañero constante: un gato que alguna vez fue actor. La convivencia entre ambos transmite una soledad serena pero persistente, una rutina marcada por la lentitud, la nieve y la sensación de estar fuera del ritmo de un mundo que avanza sin esperar a nadie. Esa quietud, sin embargo, no es presentada como un vacío absoluto, sino como un terreno fértil para la imaginación y el deseo de contacto humano.
Ese deseo se activa cuando el dueño del estudio le entrega un objeto aparentemente insignificante —un juguete que su hijo ya no quiere— como forma de pago por su trabajo, normalmente retrasado. El juguete, unos visores de realidad virtual, abre la puerta a otro universo: un mundo de acción real, vibrante y luminoso, parecido a una feria permanente. Ahí conoce a una joven de la que se enamora, aprende a bailar y, por primera vez, parece habitar su cuerpo de una manera distinta, más ligera, más viva. La distancia entre su vida real y esta identidad alternativa es dolorosa, pero también reveladora.
El relato se tensa cuando ambos conciben el “plan Light Pillar”, una promesa de encuentro que implica un viaje al espacio y un costo económico imposible. Paralelamente, el estudio atraviesa una crisis irreversible: está en bancarrota, condenado a desaparecer junto con todo lo que representa. El protagonista se encierra a trabajar obsesivamente, incluso saca a su gato del retiro para conseguirle pequeños trabajos en un café de gatos, aferrándose a la idea de que el sacrificio permitirá materializar ese vínculo que le da sentido a su rutina.

Cuando finalmente reúne el dinero, la ilusión se quiebra. Descubre que ha sido estafado: la mujer con la que se relacionaba no existe, es una identidad falsa. La revelación no sólo destruye el plan, sino que confirma la fragilidad de un mundo construido desde la necesidad de no estar solo. Sin embargo, Light Pillar evita el cinismo. La película observa a su protagonista con ternura, entendiendo que su engaño nace de un entorno que grita aislamiento, lentitud y desarraigo.
Visualmente, el estudio y su dueño enigmático evocan un universo que remite al cine de Wes Anderson: espacios cuidadosamente compuestos, personajes excéntricos y una melancolía contenida que nunca se vuelve cruel. Incluso cuando el lugar es vendido a alguien que planea destruirlo como parte de un truco cinematográfico, la película conserva su tono delicado. El protagonista lo pierde todo, excepto a su gato, y esa permanencia mínima se vuelve devastadora y profundamente humana.
Light Pillar es una película sobre la conexión en tiempos de pantallas, sobre la compañía que ofrecen los animales, sobre la resistencia silenciosa de quienes no pueden —o no quieren— moverse al ritmo de un mundo en constante transformación. De ritmo pausado y sensibilidad contenida, es una obra que se despliega lentamente y permanece con el espectador mucho después de que termina, recordándonos que incluso en la soledad más profunda puede existir un deseo legítimo de hogar.



